religión

            En los albores de la vida humana, cuando el hombre desarrolló su inteligencia, que es lo que le distingue del conjunto de la naturaleza de la que forma parte, pudo volverse sobre sí mismo o abrirse hacia el mundo que le rodea para indagar sus raíces. Trató de explicarse el origen y la razón de su ser y de todo lo existente. Ciertos fenómenos naturales, que no pudo explicarse o que fueron superiores a sus fuerzas, le atemorizaron. Nacieron entonces las concepciones mágicas, el totemismo, el fetichismo y la hechicería para tratar de dar respuestas a lo inexplicado. Pronto imaginó dioses a los que atribuyó el origen de todo lo que le resultaba incomprensible. Fueron dioses ideados de acuerdo con sus temores, deseos y necesidades. Desató cruentas guerras para defenderlos. Los dioses de los vencidos desaparecieron en aras de los dioses vencedores. Eran dioses guerreros. Y entregó lo mejor de sus esfuerzos a su culto. Levantó colosales templos en honor de ellos, como los que construyeron los antiguos egipcios en homenaje al dios halcón o al dios cocodrilo, cuya construcción duró cien o doscientos años y en la que se sacrificaron la vida y la salud de varias generaciones de esclavos.

            Todos los pueblos primitivos fueron animistas: atribuyeron vida, voluntad, espíritu y sentimientos a los animales y a los objetos naturales que les rodeaban. Con diferencias en la riqueza o pobreza de las formas, todos ellos rindieron culto a los animales feroces y a los objetos de la naturaleza que presentaban alguna singularidad  —astros, ríos, plantas, montes, piedras, cascadas—  porque creían que el espíritu podía transferirse a ellos o que los dioses hablaban y actuaban por su intermedio. Los esquimales creían en los espíritus del mar, de las nubes y de los vientos. El kenaima  —brujo malhechor de algunos pueblos caribeños—  se encarnaba en jaguares u otros animales feroces para perseguir a los hombres. Los indios andinos anteriores a la conquista española también tenían creencias animistas. Para los primitivos africanos toda la naturaleza era animada y los fenómenos meteorológicos eran seres vivos. Cosa que ocurría también en la Polinesia, cuyos seres salvajes personificaron los vientos, los volcanes y los montes. Y los temían porque parecíanles misteriosos y potentes, y trataban de aliarse con ellos o de protegerse de sus peligrosas asechanzas.

            De este modo, el culto animista  —antecedente histórico de las religiones—  marcó los destinos de las personas y los grupos durante un largo trecho de la historia.

            El hombre elaboró así una religión, como parte de su cultura. Cada cultura tuvo su propia religión, de acuerdo con sus tradiciones y su peculiar concepción de la vida y de la muerte: la cultura islámica, la confuciana china, la hindú, la japonesa, la cristiano-occidental, la musulmana y muchas otras culturas en diferentes épocas y lugares.

            Al comienzo las representaciones de los dioses fueron tan rudimentarias como todas las creaciones de sus manos. Eran dioses rústicos y elementales. Después, pari passu, con el desarrollo de su inteligencia y el refinamiento de sus costumbres, los dioses se tornaron más sofisticados. Fueron dioses antropomórficos que "hablaron" a los hombres y les dieron seguridad y consuelo. Cuando dos pueblos entraron en guerra, cada uno de ellos pidió a su dios la victoria. Y con los grupos sedentarios advino el monoteísmo. Todos los dioses se juntaron en uno solo, de carácter abstracto aunque susceptible de ser representado por medio de íconos, a quien se atribuyó condiciones de ubicuidad y de omnisapiencia.

            La creación de la divinidad fue uno de los primeros inventos de la corteza cerebral hipertrofiada del ser humano. Con el progreso de su capacidad de abstracción llegó incluso a concebir dioses inmateriales, etéreos, que no pueden se captados por los sentidos, a los que atribuyó el principio y el fin de todas las cosas.

            La característica común a todas las religiones es la creencia en uno o más dioses todopoderosos, capaces de disponer las cosas en la Tierra, de señalar el destino de los hombres y de reservarles recompensas o castigos en la vida ultraterrena.

            La idea de dios ha gravitado poderosamente a lo largo de la historia y ha permitido a las religiones organizadas controlar la mente de los hombres.

            La mayor parte de las religiones sustenta principios iguales o muy parecidos. La dialéctica del bien y el mal, representados de diversa manera, es un valor constante en ellas, lo mismo que la idea de que su dios es el verdadero y todos los demás son falsos. Ha sido frecuente la representación de la trinidad, en que dioses principales y distintos forman uno solo. La creación, la vida eterna, el castigo por los pecados, el dios como principio y fin de todas las cosas, la suprema sabiduría y justicia de él, su condición necesaria, su ubicuidad, su presencia inteligente e inmutable, han sido también a lo largo del tiempo elementos constantes de todas las religiones.

            Para el brahmanismo su dios, que es el brahma, está en todas partes, lo llena todo, penetra en todo, cubre todos los tiempos y los espacios. Ese ser supremo no procede de nadie y lo crea todo. Engendró a los hombres y a los animales para poner de manifiesto su bondad. La materia no es más que una mutación de ese dios, pero si bien están en él las modificaciones de la materia, él no está en ellas y permanece siempre inmutable. Este dios estaba compuesto de tres deidades distintas, que formaban el trimurti o enlace de las tres potencias: el brahma, que tenía la potencia de crear; el visnú, la de conservar; y el siva, la de destruir.

            Los primitivos egipcios tenían muchos dioses, unos más importantes que otros. Rendían culto fetichista a los astros, a los animales y a las plantas. Sin embargo, las dos deidades más importantes eran osiris e isis, marido y mujer y hermanos entre sí. A osiris se le representaba en forma de toro, pájaro, carnero o también de figura humana, e isis tenía una representación antropomórfica.

            También para el confucianismo  —cuatro o cinco siglos antes de Cristo—  dios es el principio de cuanto existe. Es un ser eterno, independiente e inmutable, cuyo poder no reconoce límites y cuya mirada alcanza al mismo tiempo lo pasado, lo presente y lo futuro. Nada para él es desconocido. Con su infinita bondad y justicia rige la vida de los hombres y ordena la naturaleza.

            Quinientos años antes de nuestra era, Zoroastro creía en oromazes  —el dios del bien—  y ahrimanes  —el dios del mal—,  nacidos del tiempo infinito e increado, que carece de principio, que fue siempre y será siempre. Del tiempo surgen la luz y la oscuridad, el día y la noche, el bien y el mal. En la dinámica de esta creencia, el dios del bien permitió, para su gloria, la existencia del dios del mal.

            La deidad de los judíos es jehová o yahvé. Es un dios único: no hay otro. Es el que marca el destino de los hombres, el que da poder a los vientos y fuerza a la lluvia, el que señala el curso a los ríos y mueve las olas del mar. El <judaísmo no admite otras revelaciones que las de Moisés y las de sus profetas. Espera la llegada de un mesías que redimirá a su pueblo. Su fe se sustenta en el Talmud, que es el libro sagrado destinado a conservar la ley oral y las tradiciones judaicas.

            Los católicos adoran a un solo dios en tres personas: padre, hijo y espíritu santo. Tres personas distintas y un solo dios verdadero. Esta es la santísima trinidad, que constituye uno de los misterios inefables del <catolicismo. Dios es el padre omnipotente que creó todo lo que existe. El hijo vino a la Tierra para encarnarse en hombre por obra del espíritu santo, ser crucificado, resucitar, subir al cielo y estar a la diestra de dios padre para redimir a los pecadores, de donde volverá un día lleno de gloria a juzgar a los vivos y a los muertos. Su reinado no tendrá fin. El libro sagrado del catolicismo es la Biblia, compuesta del Antiguo y Nuevo testamentos, en los que se reúnen los libros canónicos.

            Según la Biblia, el dios de los católicos es “el principio y el fin” de todas las cosas (Apocalipsis I, 8), poseedor de “vida eterna” (1 Juan V, 11 y 20), “el camino y la verdad y la vida” (san Juan XIV, 6), el "hacedor del mundo" (san Juan I, 10), ser “omnipresente” (san Mateo XVIII, 20, XXVIII, 20), “todopoderoso” (Apocalipsis I, 8), "omnipotente" (san Lucas IV, 38 y 39, VII, 14 y 15 y san Mateo VIII, 26 y 27) y "omnisciente" (san Juan VI, 64) y (san Mateo XVII, 22).

            En general, todas las ramas en que se dividió el <cristianismo a partir de la <reforma protestante comparten la creencia en un solo dios verdadero, eterno, indivisible, absolutamente sabio y bondadoso, omnipresente y todopoderoso, aunque mantienen diferencias en muchos otros elementos del dogma y del culto.

            Los mahometanos sostienen que quienes dicen que hay tres dioses son impíos: no hay más que un solo dios verdadero. Y son infieles los que no creen en su unidad. Dios es eterno. No engendra ni es engendrado. Ese dios es Alá y Mahoma es su profeta. Alá es un dios todopoderoso, eterno e inmutable que predestina a sus criaturas al paraíso o al infierno. El Corán reproduce algunos de los principios del <cristianismo. Manda creer en los ángeles y el demonio, en la vida eterna, en la resurrección de los muertos y en el juicio final.

            En el campo de la demonología las cosas son similares. La figura del diablo es común a las religiones antiguas. Cada una de ellas tuvo su propio diablo, como quiera que se lo llamara: demonio, lucifer, satán, satanás, mefistófeles. Probablemente el diablo más antiguo fue el seth que apareció en el valle del Nilo como demonio totémico de las tribus que habitaron el bajo Egipto en tiempos inmemoriales. Este fue “el patriarca de todos los príncipes de las tinieblas”, según dijo el crítico literario y poeta italiano Giovanni Papini (1881-1956). Y como todos los de su estirpe, seth fue la personificación del mal y el enemigo de los dioses y de los hombres. Se lo consideró capaz de oscurecer el Sol y de matar la luz. Fue el que agostó las cosechas y dispersó las mieses.

            Ahriman fue el diablo persa atormentador y destructor de la gente y tentador de dios. Fue un diablo más feroz que el cristiano aunque menos inteligente. Pero, según la teología del zoroastrismo, su destino será desaparecer después de doce milenios a manos de Shaoshyant, uno de los hijos de Zaratustra, esperado como el salvador.

            El diablo hindú, llamado primero mrtyu y después mara, fue célebre por sus tentaciones incesantes a Buda. Representa el goce erótico, la embriaguez, la sensualidad, la lujuria, la voluptuosidad, la exaltación de los sentidos.

            Entre los antiguos griegos el diablo fue tifón, surgido de la rebelión de los titanes contra el dios Júpiter. Encarnó la iracundia, el odio y el mal. Según una de las tradiciones mitológicas fue hijo de Gea y Tártaro y, según otra, fue hijo de Hera que, irritada contra su esposo Júpiter, dios del Olimpo, lo concibió sin la cópula con éste y lo parió para disputar a Zeus el dominio del universo.

            El diablo musulmám es iblis (o saitán), ángel convertido en demonio por negarse a obedecer la orden de Allah de prosternarse ante Adán, el primer hombre de la creación. Iblis dijo a su dios: “Yo soy mejor que él, tú me has creado con el fuego y a él le has creado con el barro”. Fue entonces expulsado del cielo por soberbio y se convirtió en demonio, según relata el Corán. La influencia de la Biblia sobre el Corán es manifiesta.

            La cuestión de la creación es vista de manera similar por las distintas religiones. El dios de los brahamanes, deseoso de crear, produjo las aguas en cuyo seno lanzó un germen, en forma de un huevo resplandeciente de mil rayos, que fue el inicio de la vida y de todo lo que existe. Los doctores del confucianismo supusieron que todo se debe a una causa principal, sin principio ni fin  —a la que llamaron ti—,  que es el origen de la naturaleza. El aire fue la primera de sus emanaciones y su reposo o su movimiento produjeron el frío y el calor que, reunidos, dieron el agua. En el proceso de la creación primero aparecieron los elementos, después el cielo y los astros y finalmente el hombre y la mujer. En la concepción judeocristiana dios creó al principio el cielo y la tierra. La tierra era informe y estaba vacía, y las tinieblas cubrían la superficie del abismo. Dijo dios: “hágase la luz” y la luz fue hecha. Y vio dios que la luz era buena y dividió la luz de las tinieblas. A la luz la llamó día y a las tinieblas, noche. E hizo el firmamento y las estrellas y separó las aguas. Y la tierra dio yerba verde. Y, finalmente, después de creados los peces, las aves y los animales, dios creó al hombre, a su imagen y semejanza. Varón y hembra los creó. Les dio su bendición y les dijo: “creced y multiplicaos”.

            El relato bíblico de Adán y Eva difiere poco de mitos similares del Medio Oriente antiguo y de otras regiones, mitos que aparecieron también en la vieja Mesopotamia, como en el poema de Gilgamesh conocido dos mil años antes de la era cristiana. Adán y Eva fueron, según la Biblia y el Corán, el primer hombre y la primera mujer y, en consecuencia, los progenitores de la raza humana. Adán  —en hebreo Adam, que significa hombre—  fue creado “con polvo del suelo” (Gen. 2,7); y Eva  —en hebreo javá—  fue creada de una costilla de Adán y entregada a éste por dios para que fuera su compañera y esposa.

            El “árbol de la vida” y el “árbol de la ciencia del bien y del mal”, así como el querubín alado, que se mencionan en el Libro del Génesis (II, 9 y III, 24), fueron tomados de la mitología caldeo-asiria.

            Según el Corán y las leyendas islámi

Next Post