La palabra viene de raza y ésta, a su vez, del latín radia. Con ella se designa, en la antropología y biología clásicas, cada uno de los grupos en que se subdividen las especies humana, zoológica y botánica, cuyos caracteres, perpetuados por la herencia, permiten distinguirlos.
La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) recomendó a mediados de los años 50 del pasado siglo sustituir la palabra raza por etnia en tratándose de la especie humana. Lo hizo con base en los conceptos emitidos por algunos antropólogos y zoólogos —Franz Boas, Ashley Montagu, Edward O. Wilson y otros—, pero esta recomendación careció de sustento científico. Tanto, que no pudo sugerir también la supresión del término racismo, con el que se designa la teoría política y antropológica que sostiene:
1) las diferencias de capacidad intelectual, moral, cultural y física entre las razas humanas;
2) la creencia en que unas son superiores a otras;
3) la convicción de que tienen derechos diferentes;
4) la tesis de que ellas deben recibir distinto tratamiento en la vida social; y
5) que el factor racial determina el destino de los pueblos, o sea el progreso de unos y el atraso de otros.
Sus creadores pretendieron hacer del racismo una teoría de la historia, es decir, una interpretación peculiar de la sociedad capaz de explicar su pasado, presente y futuro, al mismo tiempo que el punto de partida de una nueva moralidad, a la que el antropólogo francés Georges Vacher de Lapouge (1854-1936) llamó “ética de la selección”, que sostiene que el mundo debe pertenecer a los mejores, a los más fuertes, a los mejor dotados.
El médico francés Jules Joseph Virey presentó a la Académie de Médicine de París en 1841 su trabajo sobre “las causas biológicas de la civilización”, en el cual dividió a los pueblos del mundo en: blancos, que “habían alcanzado un estadio de civilización más o menos perfecto”, y negros —africanos, asiáticos e indios americanos—, que por sus deficiencias étnicas estaban condenados a vivir en una “civilización siempre imperfecta”.
En su obra “Origines de l’homme et des sociétés” (1869), Clémence-Auguste Royer —seguidor de Darwin y el primer traductor francés de su libro sobre el origen de las especies— afirmó que la raza aria era superior a todas las demás y que la guerra entre las razas, que le parecía inevitable, beneficiaría el progreso.
Sostuvo el político y empresario británico Joseph Chamberlain (1836-1914): “Los británicos somos la raza gobernante más grandiosa que el mundo haya conocido”. Y el naturalista inglés Charles Darwin (1809-1882) sorprendió al mundo con estas palabras pronunciadas desde el barco Beagle, lleno de emoción, al aproximarse y divisar el puerto de Sydney durante su viaje de cinco años alrededor del planeta para fundamentar su teoría de la evolución: “Sostengo que somos la raza líder del mundo, y que cuanto más poblemos el mundo, mejor será éste para la humanidad”. Y prosiguió: “Dado que Dios convirtió a la raza de habla inglesa en el instrumento elegido mediante el cual pretende construir un Estado y una sociedad basados en la justicia, la libertad y la paz, es necesario que cumpliendo con su voluntad haga todo lo que esté en mis manos para ofrecer a esta raza tanto poder y abasto como sea posible. Pienso que, si en verdad existe un Dios, es su deseo que yo haga una cosa, a saber, colorear de rojo británico el mapa de África hasta donde sea posible”. (Peter Watson, “Ideas. Historia intelectual de la humanidad”, 2008)
En cuanto teoría de la historia los exégetas del racismo pretendían explicar en función de la raza el destino de las civilizaciones. Para ellos, el proceso de su decadencia se debía a la mezcla de sangres y el colapso de las civilizaciones no tenía otra explicación que la pérdida de la pureza étnica.
La característica más destacada del racismo es la de estudiar el “alma” humana a través del cuerpo, esto es, de sus características físicas y antropológicas. Detrás de esta tendencia gravitan dos ideas fundamentales: la de que cada raza tiene sus propias potencialidades intelectuales y características psicológicas, que son intrínsecas e inmutables, y la de que los que tienen “la misma sangre” comparten igual aptitud mental y la misma herencia cultural. En estos factores se funda el “nacionalismo de la sangre y la patria” (blut und boden) que ha conducido a la humanidad a las peores aberraciones.
Hay quienes sostienen que no hay razas humanas superiores sino razas diferentes, con aptitudes distintas. Cosa que también ocurre entre los animales. Afirman que en el mundo zoológico existen diferentes razas. Por ejemplo: ganado bovino de carne —charolaise, cebú, angus, braford— y ganado bovino de leche —jersey, holstein, brown swiss—. <