Con frecuencia las cosas obvias son difíciles de definir. Eso ocurre con la noción de pobreza. Podría decirse que es la imposibilidad económica de satisfacer necesidades básicas, que es la penuria de recursos materiales para llevar una vida humana de dignidad elemental, que es la negación de los derechos humanos fundamentales. Sin embargo, la pobreza es algo más que eso. No sólo se trata de la carencia de bienes y servicios indispensables para la vida sino también de la conciencia que acompaña a esta situación, es decir, del juicio de valor que los pobres hacen sobre su propio quebranto.
De esto se desprende que la pobreza tiene dos componentes: uno objetivo, que es la carencia material, y otro subjetivo, que es el estado de conciencia acerca de ella. La pobreza existió siempre. Fue una vieja herencia histórica de la humanidad. Lo nuevo es el juicio de valor sobre ella que hoy formulan los pueblos.
En los regímenes capitalistas, en que ser es tener, la identidad personal depende, en buena medida, de la propiedad. Por lo que la cuestión de la pobreza deriva además en un problema de identidad.
Pero el concepto mismo de pobreza es relativo —geográficamente relativo— porque, como escribió el economista norteamericano Paul Samuelson (1915-2009), “lo que en Estados Unidos sería pobreza en Asia podría ser prosperidad”.
No existe realmente una teoría de la pobreza. En la temprana época cristiana los evangelios hablaron de la pobreza como una credencial de los aspirantes para entrar al cielo y condenaron la riqueza como un mal en sí mismo. Mateo aconsejaba a los ricos que, en lugar de “amontonar tesoros en la tierra, donde el orín y la polilla los consumen”, reunieran tesoros en el cielo (VI, 19 y 20). Marcos atribuía a Jesús haber aconsejado a un joven fariseo que vendiera cuanto tenía y diera a los pobres porque “más fácil es el pasar un camello por el ojo de una aguja que el entrar un rico en el reino de Dios” (X, 21, 25). Y en concordancia con esto Lucas ponía en boca de Jesús: “Bienaventurados vosotros los pobres porque vuestro es el reino de Dios”.
La Iglesia Católica, por veinte siglos, exaltó el esclavismo y la pobreza en conformidad con las enseñanzas del apóstol san Pablo, quien en su Epístola Segunda a los Corintios exhortaba a los esclavos a no pretender cambiar “la condición que el Señor les ha asignado” porque “ante el Mesías todo esclavo es un hombre libre y todo hombre libre un esclavo de Jesucristo” (VII, 20-22); y en su Epístola a los Efesios advertía: “Siervos, obedeced a vuestros señores temporales con temor y respeto, con sencillo corazón, como al mismo Cristo”, puesto que “es la voluntad de Dios que los ha puesto en tal estado” (VI, 5, 6).
El economista inglés Thomas Robert Malthus (1766-1834) se aproximó a una teoría de la pobreza con su hipótesis de que los excedentes de población, en relación al volumen de producción de alimentos, son el origen de las penurias. Y Carlos Marx hizo lo propio con su teoría de la plusvalía —o sea el trabajo no pagado por el patrono—, que es la fuente de la acumulación del capitalista y de la pobreza del obrero. Pero estas fueron aproximaciones solamente. La pobreza es un fenómeno multicausal. En el nacimiento de ella concurren muchos factores. Enrique Iglesias, en ese momento presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, señalaba al menos cinco: el cambio demográfico, la distribución del ingreso, la situación del empleo, la prestación de los servicios sociales y las condiciones prevalecientes en materia de educación y formación de recursos humanos. Estos factores, a su vez, responden a otros y otros, en una cadena sin fin de carencias y postergaciones que describen un verdadero círculo vicioso. Porque la explosión demográfica, que es causa de la pobreza, es a su vez fruto de la ignorancia, que es una de las consecuencias de la pobreza. La insuficiencia de recursos para atender el desarrollo y el empleo se debe también a la pobreza pero estos factores, a su vez, la profundizan.
Los ocho objetivos de desarrollo aprobados en la Cumbre del Milenio, reunida en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York durante los días 6 y 7 de septiembre del 2000, tienen directa relación con la lucha contra la pobreza:
1. Erradicar la pobreza extrema y el hambre
2. Lograr la enseñanza primaria universal
3. Promover la igualdad y autonomía de la mujer
4. Reducir la mortalidad infantil
5. Mejorar la salud materna
6. Combatir el VIH/SIDA, la malaria y otras enfermedades
7. Asegurar la sostenibilidad del medio ambiente y
8. Fomentar una asociación mundial para el desarrollo.
Sabemos que la pobreza acompañó al hombre a lo largo de los tiempos. Sin embargo, la historia de la pobreza es menos abundante que la de la opulencia. Los pobres tienen menos historia que los ricos. Desde las épocas de los pueblos primitivos la esclavitud, las guerras, los desplazamientos humanos, los desastres naturales, la dominación de unos grupos por otros, los éxodos masivos fueron algunas de las causas de la pobreza. Esas causas no cesaron de crecer al ritmo de la evolución de los diferentes modos de producir e intercambiar los bienes económicos y de apropiarse de los excedentes. En cada época aparecieron nuevos factores de desigualdad social y de pobreza. En nuestros días, paradójicamente, los avances de la ciencia y de la tecnología amenazan con forjar formas nuevas de exclusión a causa del desgaje entre el progreso científico y el atraso de las concepciones éticas.
La pobreza, en la medida en que determina la carencia de los elementos necesarios para sobrellevar una vida digna, moldea un tipo de ser humano disminuido, con su libertad recortada, con deformaciones de la personalidad, carencias espirituales, abulia y desequilibrios psíquicos, que le impiden superar su situación.
En su Informe Mundial del Desarrollo 2000, el Banco Mundial entrevistó a miles de personas de bajos ingresos, dentro del ejercicio que denominó “las voces de los pobres”. Y sus páginas reflejaron la inseguridad de los pobres frente a la vida. No tienen voz. Se sienten precarios, saben que no controlan su propio destino, que son golpeados por fuerzas que no pueden resistir. Muchos carecen de seguro de desempleo, de salud y de vejez. Sus rentas son inciertas. No saben lo que les deparará el futuro. Ni siquiera el futuro inmediato. Hoy pueden comer pero no saben si mañana podrán hacerlo. Sufren una permanente sensación de impotencia.
La pobreza forja una cultura, es decir, un conjunto de valores, creencias, cosmovisiones, actitudes, sensibilidades y modos de comportamiento en el grupo humano que la sufre.
Ser pobre, sentirse pobre, soportar el desamparo, sufrir la desigualdad: es una experiencia estresante que daña la salud. Michael Marmot, profesor de epidemiología y salud pública en University College de Londres, ha hecho estudios muy sustentados sobre la permanente relación que existe entre pobreza y mala salud física, psíquica y emocional de quienes la sufren. Llegó a la conclusión de que, en el marco de la estratificación social, la salud de los seres humanos se deteriora a medida en que descienden en el escalafón social. Y lo dramático —sostiene el científico británico— es que el fenómeno tiende a prolongarse en las futuras generaciones de los pobres.
Los instrumentos de la producción y las tecnologías de la comunicación dejan sus huellas en la cultura. La propiedad o el uso de ellos condiciona la vida individual y social. El uso del teléfono, la radio, el cine, la televisión, los ordenadores, la microcomputación, internet y los modernos software de la comunicación contribuye a forjar una cultura y un estilo de vida. Desde esta perspectiva, en la medida en que los pobres no tienen acceso a esos prodigios de la tecnología moderna o tienen un acceso muy limitado, forjan una cultura diferente: la “cultura de la pobreza”, que es distinta de la “cultura de la riqueza” de los sectores económicamente aventajados. La pobreza condiciona las formas de vida individuales y colectivas y marca una manera de ser, un modo de pensar y de sentir y un peculiar estilo de hacer las cosas cotidianas.
Esta es la “cultura de la pobreza” que surge en los segmentos indigentes de una sociedad.
La pobreza es parte de la esquizofrenia de las sociedades de mercado, que entrañan un profundo fraccionamiento entre ricos y pobres. La pobreza está siempre ligada a las normas e instituciones prevalecientes en una sociedad y a las decisiones políticas que, en concordancia con ellas, toman los gobiernos. Los regímenes laborales y fiscales injustos conducen a la concentración de la riqueza y a la inequitativa distribución del ingreso, que son fenómenos intrínsecos de la economía de mercado. Las fuerzas mercantiles, el denominado comercio libre, la libre competencia, la abstención estatal y la globalización agudizan el problema.
El economista Robert Frank de la Universidad de Cornell afirma que la economía de mercado produce una “sociedad donde el ganador se lleva todo”. Lo cual se ve con entera claridad en los regímenes de remuneración de las empresas, especialmente de las grandes empresas. El proceso de concentración de los ingresos de sus ejecutivos lo demuestra. El Instituto para Estudio de Políticas, con sede en Estados Unidos, reveló que en el año 2004 los presidentes y directores ejecutivos de las grandes corporaciones ganaron 431 veces más que el ingreso promedio de un trabajador. Y el profesor inglés Anthony Giddens, en su libro “La Tercera Vía” (2000), afirma también que bajo el neoliberalismo y la globalización “la acumulación de privilegios en la cúspide es imparable” y que “la brecha entre los trabajadores mejor pagados y peor pagados es mayor de lo que ha sido durante al menos cincuenta años”.
Y lo peor de todo esto es que las diferencias en el ingreso se agrandarán en la >sociedad del conocimiento de los próximos años, a menos que se tomen medidas enérgicas para impedirlo.
El Foro de Sao Paulo —organización latinoamericana de izquierdas marxistas y no marxistas fundada en 1990—, en su empeño por poner de manifiesto el proceso de concentración del ingreso en las elites y la profundización de la pobreza en las masas, sostuvo en su IX encuentro efectuado en Managua en febrero del 2000 que “mientras en 1960 el 20 por ciento más rico de la población mundial disponía de un ingreso 30 veces mayor que el del 20 por ciento más pobre, hoy esa relación es de 82 a uno. Existen actualmente 358 personas, las más ricas del mundo, cuyo ingreso anual es superior al ingreso del 45 por ciento de los habitantes más pobres, o sea 2.600 millones de personas”. Y agregaba: “30 millones de personas mueren por hambre cada año y más de 800 millones están subalimentadas”.
Es tan dramática la injusta distribución del ingreso, que el periodista Nicholas D. Kristof del "The New York Times" afirmó, con base en los datos del Informe sobre Desarrollo Humano 2005 del PNUD, que los quinientos individuos más ricos del planeta tienen, en conjunto, el mismo ingreso que los 416 millones más pobres.
Según advirtió la United Nations Conference on Trade and Development (UNCTAD) en su informe "The Least Developed Countries Report 2002", si persisten las tendencias económicas actuales, en el año 2015 habrá más de 420 millones las personas que vivan con menos de un dólar al día en los países menos adelantados (PMA). Lo cual significa que en esos países la extrema pobreza, o sea la subsistencia con un dólar diario, se habrá duplicado en 30 años.
Fueron especialmente dolorosos los índices de pobreza en los PMA de África —34 países de los 49 que integran ese grupo—, ya que la población que vivía con menos de un dólar diario per cápita pasó del 56% en la segunda mitad de la década de los años 70 al 65% en la segunda mitad de los 90 del siglo anterior, período durante el cual el consumo medio disminuyó de 66 a 59 centavos de dólar diarios. Y en la segunda mitad del decenio de 1990 casi nueve de cada diez personas de los PMA africanos vivían con menos de dos dólares diarios y su consumo medio fue de apenas 86 centavos por día (en comparación con 41 dólares diarios en Estados Unidos). Los PMA de Asia alcanzaron índices menos deprimidos, ya que entre la segunda mitad de la década de los años 70 y la segunda mitad de los 90 la proporción de personas que vivían con menos de un dólar diario disminuyó del 36% al 23%, mientras que su consumo medio pasó de 85 a 90 centavos de dólar por día. Según el referido informe de la UNCTAD, en la segunda mitad del decenio de 1990 dos terceras partes de la poblacion de los PMA de Asia vivían con menos de 2 dólares diarios y su consumo medio era de 1,42 dólares por día.
Las estimaciones de la UNCTAD fueron hechas en dólares constantes de 1985 y con arreglo a las cuentas nacionales y por tanto difieren de las estadísticas internacionales de la pobreza fundadas en encuestas para estimar los ingresos y el consumo de los hogares de una muestra representativa de la población nacional.
Ellas ponen de relieve la difícil tarea de alcanzar la meta internacional de reducir a la mitad la pobreza extrema entre 1990 y 2015 en los países del mundo subdesarrollado, que dependen mucho de las exportaciones de productos primarios.
El Programa de las Naciones Unidas sobre Asentamientos Urbanos, en un informe especial acerca del estado de las ciudades del mundo 2006-2007, advirtió que, si las cosas siguen como están, en el año 2020 alrededor de 1.400 millones de personas vivirán en los asentamientos precarios que rodean a las grandes urbes, sin servicios públicos esenciales y con altas tasas de violencia y criminalidad. Señaló que en el año 2006 mil millones de personas vivían en tales condiciones, diez por ciento de las cuales pertenecían a los países desarrollados y el resto se distribuía en los cinturones de vivienda precaria de las ciudades de África, Asia y América Latina. Especialmente dramática era la situación africana. En los países subsaharianos el 72% de la población urbana vivía en las zonas de hacinamiento y en algunos países —como Etiopía y Chad— toda la población urbana estaba asentada en ellas. El informe puntualiza que el hacinamiento era tan brutal que había más de tres personas por habitación, y que, por ejemplo, en un asentamiento urbano de Harare, capital de Zimbabue, mil trescientas personas compartían un baño compuesto por seis pozos que hacían de letrinas.
Hay diferentes niveles de pobreza: pobreza absoluta (llamada también pobreza extrema o crítica) y pobreza relativa, que tiene ciertos atenuantes.
Se han propuesto diversos métodos para “medirlas”. Es clásico el ingreso per cápita. De acuerdo con este indicador se ubicó en la pobreza absoluta a las personas con ingresos inferiores a la llamada “línea de indigencia” y en la pobreza relativa a aquellas cuyo ingreso iba por la “línea de pobreza”. Pero este y otros sistemas tradicionales de signo cuantitativo resultaron muy poco precisos en las sociedades de grandes contrastes. Por ejemplo, si el crecimiento del PIB obedece a un aumento de las exportaciones de minerales o de petróleo en un polo de desarrollo de gran densidad de capital dentro de un país, el crecimiento de ese indicador no se traduce en una reducción de la pobreza ni, en esas condiciones, el incremento del PIB per cápita significa necesariamente un crecimiento del consumo privado por persona. Lo cual obligó a buscar