crisis

          Es, en su acepción general, el momento de ruptura en el funcionamiento de un sistema. O el trance de colapso en que cae el proceso vital de la naturaleza, el hombre o la sociedad. La crisis, en este sentido, representa el punto más bajo de un ciclo de deterioro de algo: la salud, el sistema nervioso, el proceso social, la política, la economía, las relaciones internacionales. Por su propia condición cla crisis tiene duración limitada. Su ocurrencia es a veces previsible y otras no. Ella trae una profunda conmoción e incertidumbre a la vida natural, humana o social. Probablemente el término crisis se originó en la medicina para señalar las fases decisivas del desarrollo de una enfermedad y de allí se extendió a los otros campos para designar fenómenos análogos.

          Las crisis, en el ámbito social, se producen a causa de una sobrecarga de demandas contra un sistema que no está capacitado para atenderlas o por la penuria de recursos internos para su propia operación.

          El líder y pensador socialista italiano Antonio Gramsci (1891-1937) dijo que ellas surgen cuando lo que tiene que morir no muere y lo que tiene que nacer no nace, con lo que quiso dar a entender que son un desorden o una interrupción que se produce en el curso de la vida social. En igual sentido, José Ortega y Gasset describió las crisis sociales como el caducar de un sistema de creencias básicas no remplazadas y afirmó que un hombre, un grupo o una época está en crisis “mientras vive entre dos creencias, sin sentirse instalado en ninguna”.

          Probablemente por esto los pensadores de todos los tiempos, sintiendo que “su sociedad” y “su época”, y acaso ellos mismos, cabalgaban sobre un estado de transición, afirmaron siempre que atravesaban por un proceso de crisis. No hay época histórica en que no se haya dicho esto. La explicación está en que, vistas las cosas consciente o inconscientemente bajo una perspectiva dialéctica, siempre los hombres vivieron “entre dos creencias”: la que estaba en el ocaso y la que se anunciaba con el amanecer, lo que les hizo pensar invariablemente que “su época” estaba en crisis. En “la mayor crisis de la historia”, como en cada momento dijeron. Pero esto siempre será así porque los hombres estarán inevitablemente en medio de un proceso social de transición, en que las cosas son y dejan de ser, y por tanto siempre se sentirán situados cerca del punto de ruptura de un sistema, es decir cerca de una crisis.

          La crisis rompe la continuidad de un sistema. Cuando ha sido superada, el sistema recobra precariamente su equilibrio anterior o alcanza un nuevo equilibrio que pronto volverá a ser alterado. En este sentido bien podría decirse que el estado natural de la sociedad es la crisis. Por eso no toda crisis es negativa. Puede entrañar un avance respecto de lo actual. De ahí que los chinos, con profunda sabiduría, escriben la palabra crisis con dos caracteres: uno que significa “peligro” y otro “oportunidad”.

          En el ámbito social las crisis tienen diferencias cualitativas y cuantitativas. Se pueden distinguir diversas clases de crisis así como intensidades y alcances diferentes en ellas. Hay crisis superficiales y crisis profundas. Hay crisis económicas y políticas. Las hay internacionales, cuando afectan las relaciones entre los Estados. Se habla también de “crisis de desarrollo” para referirse a los desórdenes y desequilibrios que experimenta un sistema social por la rapidez y, a veces, la impredecibilidad de su crecimiento.

                                    1. La crisis revolucionaria.   En el campo de lo social, la crisis más grave es la crisis revolucionaria. Si la evolución de los sistemas políticos y económicos de un país se detiene por la interposición de fuerzas conservadoras, que actúan como diques de contención del flujo de la historia, lo más probable es que se produzca una crisis que ha de resolverse por la vía de un golpe de Estado o por la de una revolución, según que la sociedad tienda a recobrar el equilibrio anterior o a avanzar hacia un nuevo equilibrio. En ambos casos habrá violencia. En el primero, violencia de arriba hacia abajo y, en el segundo, de abajo hacia arriba. Violencia para mantener y afirmar el >statu quo, en el caso del >golpe de Estado; y violencia para cambiarlo en el de la >revolución.

          De cualquier manera, todos los procesos de transformación revolucionaria tienen como antecedente una crisis del sistema social que se manifiesta en las llamadas condiciones objetivas y condiciones subjetivas de la >revolución, es decir, en la situación de despotismo político, injusticia social e inequidad económica que prevalece en la sociedad; y en el reflejo que esos factores tienen en el ánimo de la gente  —la crisis anímica—,  que le conduce a la decisión de actuar para modificar la situación.

          En otras palabras, las condiciones objetivas resultan de la realidad social: un Estado que, con su defectuosa organización, favorece los intereses económicos de un reducido grupo dominante en perjuicio de la mayoría de la población; mientras que las condiciones subjetivas surgen de la percepción que el pueblo tiene sobre las injusticias que sufre, de los juicios de valor que genera sobre los desniveles económico-sociales y de la voluntad de lucha y de sacrificio que le animan para alterar la situación. Las condiciones subjetivas son su capacidad de indignación y de rabia ante la ofensa moral que significan la indigencia, la injusticia, la opresión, el abandono, el egoísmo económico de las cúpulas sociales o la represión política de los gobiernos. Y, aunque es verdad que los pobres no siempre tienen plena conciencia de su trágico destino ni son revolucionarios espontáneamente, son las avanzadas revolucionarias las que despiertan en ellos la voluntad de insurgir y de buscar la utopía vagamente definida que se les ofrece.

                                    2. La crisis económica.   En la vida comunitaria, la más frecuente de las crisis es la económica. En su sentido técnico, la palabra crisis señala el punto de transición de la prosperidad a la recesión o a la depresión en una economía, dentro del proceso cíclico en que ésta se mueve. Ella implica un punto de ruptura del equilibrio entre la oferta y la demanda de bienes, que genera una fase recesiva o una fase depresiva del ciclo económico, y que se extiende rápidamente a todos los sectores de la economía. Este proceso crítico, que se refleja inmediatamente en todos los indicadores macroeconómicos, tiende a profundizarse y ampliarse progresivamente a través de una cadena de acciones y reacciones, hasta un momento en que la economía empieza su recuperación. Allí termina la crisis y se inicia la fase expansiva del ciclo económico.

          La crisis va acompañada, como causa o como efecto, del pánico de la población, la desconfianza financiera, la baja de la producción, la desaceleración del crecimiento, el desempleo, las quiebras de empresas, la “corrida” de depósitos en las instituciones bancarias y otros desórdenes en la vida económica de un país.

          Los historiadores señalan un total de diecisiete crisis graves y generales de la economía ocurridas desde 1780 hasta nuestros días. Afirman que hubo procesos críticos en los años 1787, 1826, 1836, 1847, 1857, 1864, 1873-1877, 1882-1884, 1890-1893, 1900-1904, 1907, 1913, 1920-1922, 1929, 1970, 1989 y 2008.

          Cuatro de esas crisis han sido de amplio alcance: la de 1929, la de 1970, la de 1989 y la del 2008. En el siglo XIX y en los anteriores las crisis se limitaban a dos o tres países importantes pero después ellas alcanzaron progresivamente dimensiones internacionales por obra de la intensificación de los intercambios y de la creciente >interdependencia de las economías.

          La que se inició en 1929 fue una crisis depresiva del sistema capitalista, que produjo el hundimiento del mercado de valores, numerosas quiebras de empresas, recesión en la industria, descenso de precios, baja de la producción y restricción del empleo. La secuela de la crisis, como siempre, fue miseria y malestar social.

          Esa crisis puso en evidencia las debilidades del “paradigma” de la economía clásica para manejar el proceso de la producción, la distribución y el consumo. La política de inhibiciones estatales, que se había impuesto en la mayor parte del mundo, llevó al desastre a todos los países. Generó en Inglaterra y Estados Unidos un desempleo masivo. En Inglaterra los desocupados llegaron a sumar tres millones de trabajadores y en Estados Unidos la desocupación aumentó del 4 al 25% y el >producto interno bruto se redujo a la mitad. La crisis se generalizó. La depresión, el desempleo y la pobreza fueron de tal magnitud, que John Maynard Keynes propuso, como solución para reactivar la economía, contratar trabajadores desempleados y pagarles un salario solamente “por abrir y llenar pozos”, pues esa movilización monetaria generaría una demanda efectiva de los trabajadores que, con su secuela multiplicadora, reactivaría el proceso productivo.

          Eso fue lo que ocurrió. El keynesianismo tiene el mérito de haber conjurado la gran depresión. Desechó las fórmulas del “automatismo del mercado” y de la “mano invisible” y entregó al Estado los instrumentos necesarios para conducir la economía y librarla de los dos azotes del sistema capitalista, según el concepto de Keynes: el desempleo y la concentración de la riqueza y el ingreso.

          En la década de los años 70 se produjo en las economías avanzadas la segunda gran crisis del siglo XX, con características singulares, cuya onda expansiva se extendió por el mundo hasta bien entrados los años 80. Hubo terribles desequilibrios en los sectores internos y externos de la economía. En Europa Occidental y Estados Unidos se redujeron las tasas de crecimiento del producto interno bruto del 5% (que habían tenido entre 1960 y 1970) al 3,1% en la década de los 70. Su índice inflacionario más que se duplicó. Alcanzó dos dígitos. Las tasas de desempleo se elevaron en un 50%. Países que antes habían tenido superávit empezaron a sufrir problemas de <balanza de pagos por la baja de productividad y de competitividad de sus economías. El Japón, considerado en los años 60 como un “milagro económico”, después de crecer a más del 10% anual durante tres lustros, disminuyó su crecimiento a un poco más de la tercera parte en la década de los 70 y en algunos años registró niveles de inflación superiores al 20% anual.

          La escalada de los precios del petróleo fue la causa principal de esa crisis, que tuvo un carácter primordialmente energético y un alcance mundial. Se desencadenó en 1971 en que la devaluación del dólar obligó a la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), fundada en 1960, a ajustar los precios de los hidrocarburos con la paridad oro del dólar. Ese ajuste significó un brusco aumento de los precios del petróleo en el mercado internacional, medida que no disgustó a las grandes corporaciones petroleras que vieron en ella la posibilidad de hacer explotables sus yacimientos de Alaska y el Mar del Norte y revalorizar sus stocks. Las utilidades que obtuvieron en 1973 y los años siguientes demostraron que no estuvieron equivocadas. Este fenómeno coincidió con una grave contracción de las reservas petroleras de Estados Unidos, que cayeron de casi 40 años a 10, lo cual convirtió a este país en febril demandante de petróleo crudo extranjero. Los países petroleros, organizados en torno a la OPEP, tomaron conciencia del poder que tenían como productores de un combustible y una materia prima tan importantes. El 16 de octubre de 1973 la OPEP decidió subir el precio del crudo de 3,5 a 5,5 dólares el barril y anunció que en 1974 el precio será de 11 dólares. La conmoción fue universal. En cuatro meses el precio se triplicó. Hubo allí también ingredientes políticos. Los países árabes aprovecharon la ocasión para tomar represalias contra los países occidentales por su ayuda a Israel en la guerra judío-egipcia que había estallado poco tiempo antes. Se intentó un embargo petrolero contra Estados Unidos, Holanda y otros países. Vino la escalada de precios. El arabian light sobrepasó los 30 dólares el barril en agosto de 1980. La crisis se tornó indetenible y sus consecuencias sobre la economía mundial fueron demoledoras. En los países desarrollados el impacto de ella fue durísimo especialmente en la siderurgia, la industria automotriz, la actividad textil, la construcción naval y muchas otras ramas industriales. En el >tercer mundo significó endeudamiento, penuria económica y convulsión social. Sobre todo en los países no petroleros  —a los que algunos empezaron a llamar el cuarto mundo por la postración económica a la que llegaron—,  cuyas balanzas de pagos fueron atormentadas por la brusca subida de los precios de los hidrocarburos. Los países árabes miembros de la OPEP depositaron sus gigantescos excedentes en los grandes bancos europeos y norteamericanos. Y, por la intermediación financiera de éstos, los petrodólares fueron a parar en forma de créditos en muchos países e impulsaron una carrera de endeudamiento que no tuvo precedentes y que, a su vez, fue la causa de la nueva crisis internacional que se abrió a partir de 1982.

          Ella tuvo rasgos peculiares: fue una mezcla de recesión e inflación, que desconcertó a los economistas. Recuerdo haber asistido en 1982 a la casa del embajador ecuatoriano en España, Germánico Salgado, en donde estuvieron presentes varios de los más destacados economistas de América Latina: Felipe Herrera, Aldo Ferrer, Enrique Iglesias, creo que también Ricardo Ffremch-Davis y varios otros. El propio anfitrión era uno de los grandes economistas de nuestra América. Naturalmente que se habló sobre la crisis, que era el tema del momento. Y me llamó la atención la acusada disparidad de opiniones que sobre ella, sus causas, naturaleza y soluciones se produjo en la reunión.

          Sólo con el tiempo pudo verse que se trataba de una crisis cuantitativa y cualitativamente diferente de todas las anteriores. Cuantitativamente, porque tuvo una universalidad hasta entonces desconocida. Afectó a todos los países de la Tierra: a los desarrollados y a los subdesarrollados, a los del norte y a los del sur, a los capitalistas y a los socialistas, a los exportadores y a los importadores de petróleo, a los países deudores y a los acreedores. Todos, de una u otra manera, sufrieron las consecuencias de la crisis. Y era también cualitativamente distinta, porque fue una crisis a la vez aguda y prolongada. Esto desconcertó a los economistas, que incluso tuvieron que inventar una nueva palabra: stagflation en inglés y >estanflación en castellano, para caracterizar un orden de cosas inédito que, al propio tiempo y paradójicamente, fue recesivo e inflacionario.

          A finales de los años 80 del siglo pasado hizo crisis el sistema económico y político marxista. Se produjo la implosión de la Unión Soviética y con ella zozobraron, uno a uno, los países de su órbita de influencia. Las causas fueron políticas y económicas. El autoritarismo llevado a sus más extremas expresiones junto con la ineficiencia de la >estatificación de los instrumentos productivos causaron el desastre. En nombre de un partido, que supuestamente era la >vanguardia de la clase obrera, gobernaba en realidad una cúpula impenetrable con intereses propios y distintos de los del conglomerado social. Ella había formado una “nueva clase” integrada por los altos dirigentes partidistas, los encumbrados miembros del <aparato y los oficiales de elevada graduación de las fuerzas armadas. A través de un proceso de sucesivas suplantaciones, el partido tomó el lugar del proletariado, las jerarquías partidistas el del partido y, al final, un pequeño y encumbrado grupo de dirigentes fue el que mandó y desmandó, sin control jurídico ni popular alguno, en las monocracias marxistas. Dentro de esta dinámica autoritaria, la cúpula asumió la totalidad del poder político y económico. El manejo de los instrumentos de producción se convirtió en el “interés de clase” de la alta burocracia. El estatismo económico y la ineficiencia conspiraron contra la cantidad y la calidad de la producción. El proceso tecnológico sufrió graves retrasos. Se produjeron terribles desastres ecológicos, se deterioraron las infraestructuras económicas  —ferrocarriles, carreteras, medios de comunicación, energía, electricidad—,  se estancó el avance de las tecnologías de la información y se puso al descubierto la tremenda corrupción de muchos mandos políticos, bajo cuyo alero se habían constituido grandes mafias. Como resultado de todo eso, los países marxistas perdieron competitividad en el mercado internacional. La penuria de recursos financieros terminó por entrabar la operación del sistema. Las causas políticas se entrelazaron con las económicas y el régimen hizo crisis a partir de 1989.

          Pero la crisis del >dirigismo marxista, como sistema económico, no se resolvió en términos mundiales en un paso hacia adelante, como ocurrió en 1929 con la primera gran crisis del capitalismo industrial, sino en una vuelta al pasado en búsqueda de las tesis de Adam Smith. Se produjo una verdadera contrarrevolución monetarista, en la que se proclamó el retorno hacia la ortodoxia económica liberal. Las consignas fueron: “privatización del Estado”, retorno de las fuerzas del mercado para dirigir la economía y sometimiento de los más importantes intereses colectivos a la >ley de la oferta y la demanda. Con lo cual el Estado y el gobierno se alejaron cada vez más de los intereses de la mayoría y cada vez se convirtieron más en comités de gestión de las conveniencias políticas, económicas y sociales de los pequeños grupos oligárquicos.

          Bien se podría decir, como conclusión, que la crisis de 1929 fue el resultado del poder omnímodo que la sociedad había otorgado a la iniciativa privada en el campo de la economía y aun en el campo político, dada la imbricación que lo económico y lo político tienen entre sí, y que la crisis de los años 80 fue la consecuencia del poder absoluto y excluyente que ciertos sistemas económicos, que entonces imperaban en una amplia zona del planeta, dieron a la iniciativa estatal.

          En cambio, la fe ciega de los gobernantes, políticos, académicos y empresarios norteamericanos en las bondades del mercado  —al que le han atribuido siempre la virtud de generar efectos estabilizadores y equilibrios en el proceso de la producción, circulación y distribución de bienes y servicios—  produjo la crisis financiera que estalló en Wall Street el lunes 15 de septiembre del 2008 con la declaración de quiebra del Lehman Brothers Holdings Inc.  —fundado en 1850, que era el cuarto más importante banco de inversión estadounidense y, en ese momento, agente clave en la financiación de bienes raíces—,  la absorción de Merrill Lynch & Co. por el Bank of America, la insolvencia de muchas otras instituciones financieras norteamericanas y las drásticas caídas de las bolsas de valores en el mundo entero.

         Fue la primera crisis de la denominada nueva economía  —que surgió en los sistemas capitalistas avanzados por la conjunción de los modernos software de la informática con el avance tecnológico de las telecomunicaciones y la aplicación de la robótica a la producción industrial—  y de la “era de internet”, que facilitó operaciones financieras no reguladas, comercio electrónico y movilización virtual de billones de dólares alrededor del planeta y que permitió a los altos ejecutivos de Wall Street secuestrar la economía global a través de las comunicaciones instantáneas por la red.

El capitalismo se ha “desterritorializado” y ha sobrepasado las fronteras nacionales. El territorio estatal para él ha pasado a ser menos importante que el tiempo como dimensión de la economía. Lo que tradicionalmente se ha considerado como “nacional” ha sido desbordado por “lo global” y las fronteras estatales ya no cuentan o cuentan cada vez menos como factores condicionantes de la actividad financiera y económica. Las “plazas financieras” no coinciden, como antes, con la diagramación territorial de los Estados. La “alianza” entre las telecomunicaciones, la informática y los transportes ha empequeñecido el planeta, ha aproximado sus puntos más distantes y ha vencido las dificultades que antes imponía la geografía. A los conglomerados financieros no les interesa la territorialidad, en el sentido estatal de la palabra, sino el aprovechamiento del tiempo  —que se ha vuelto el factor clave—  en dondequiera que se le ofrezcan condiciones atractivas para sus inversiones especulativas.

El origen del concepto de sociedad postindustrial se atribuye a dos sociólogos: el norteamericano Daniel Bell y el francés Alain Touraine, aunque paradójicamente sus puntos de vista nada tienen en común. Bell usó la expresión en 1959 durante sus conferencias en el seminario de estudios estadounidenses en Salzburg y la desarrolló después en su libro «The Coming of Post-Industrial Society» publicado en 1973; y Touraine la utilizó en su obra «The Post-Industrial Society» publicada en 1971.

Bell empleó la expresión para señalar el cambio de la economía productora principalmente de bienes manufacturados en una economía de servicios  —educación, salud, prestaciones profesionales y de negocios, investigación y codificación de conocimientos, aplicación de saberes científicos y tecnológicos, etc.—  fundada sobre el conocimiento; en cambio Touraine la entendió como la sociedad programada por la clase dominante, en cuyas relaciones económicas y culturales el individuo es absorbido por el ente social, en una forma de alienación.

Estos conceptos encontraron eco más tarde en el libro del español Manuel Castells: «La Era de la Información», publicado en 1998, en el que define a la sociedad postindustrial como una sociedad basada en la producción y distribución del conocimiento.

Existe la generalizada creencia de que la democracia está necesariamente asociada al capitalismo y de que ellos son como las dos caras de una medalla, de modo que no hay democracia sino en el marco de una economía capitalista. Cosa que no es forzosamente así. La democracia y el capitalismo tienen principios y objetivos bien diferentes: la democracia busca la participación, la libertad, el bienestar general, la igualdad, la equidad económica y la integridad de los derechos humanos en tanto que el capitalismo persigue su propia expansión y busca la mayor acumulación posible de excedentes, independientemente de las metas éticas de la democracia. Los objetivos del capitalismo no sólo que no siempre coinciden con los de la democracia sino que con frecuencia son discrepantes. De hecho el “milagro económico” de muchos países capitalistas se ha levantado sobre el sacrificio de los valores democráticos. En muchos casos gobiernos autoritarios, que asfixiaron los derechos humanos, fueron los encargados de comprimir los salarios y de propiciar altas tasas de ahorro para alcanzar la acumulación capitalista y el crecimiento económico en sus sociedades. El equívoco seguramente se deriva del hecho de que los más importantes países capitalistas han tenido y tienen regímenes democráticos. Democráticos en lo político aunque no necesariamente en lo económico y lo social. Es a partir de este hecho y de un razonamiento fundado en falsas generalizaciones que ciertos ideólogos interesados han sacado la conclusión de que el capitalismo y la democracia van siempre juntos.

El capitalismo, en sus expresiones más avanzadas, modela una sociedad hedonista y dilapidadora  —la civilización del desperdicio—,  construida en función del enriquecimiento particular, del lujo y del consumismo. Es un sistema individualista que privilegia los intereses de cada persona sobre los de la colectividad. El lucro individual es la razón de ser de la actividad humana y el dinero se convierte en la medida de todas las cosas. Con frecuencia degenera en >plutocracia por la soberbia amonedada de sus cúpulas sociales.

Esos no son los intereses de la democracia. La democracia busca la igualdad y defiende las conveniencias públicas y no las privadas. De modo que hay que concluir que el capitalismo y la democracia tienen principios, objetivos e intereses diferentes.

La “asociación plutocrática” de los países capitalistas más ricos  —como la ha denominado Federico Mayor—  estuvo primero constituida por seis países: Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Inglaterra e Italia. Era el G-6, formado en 1973. Con la incorporación de Canadá tres años después se constituyó el G-7. En 1997 se unió Rusia y fue el G-8. Más tarde, sin dejar de existir este último grupo, se creó el G-20 integrado por el G-8 más once Estados en proceso de industrialización  —Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, China, India, Indonesia, México, Corea del Sur, Sudáfrica y Turquía—  y la Unión Europea. Allí están los más grandes países capitalistas del mundo. Se unieron las economías desarrolladas con las denominadas economías emergentes para juntar las piezas fundamentales de la arquitectura financiera internacional.

El G-20 se ha convertido en un foro de discusión de la economía mundial.

         PricewaterhouseCoopers (PwC)  —una de las cuatro más grandes empresas internacionales de auditoría, fundada en 1849, con sede en Londres—  predijo en el 2018 que los diez países económicamente más poderosos del planeta en el año 2050 serán: China, Estados Unidos, India, Indonesia, Japón, Brasil, Alemania, México, Inglaterra y Rusia, en este orden.

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