guerra

          La palabra guerra proviene del germano werra que significa “querella”, “pelea” o “tumulto”. Para Cicerón ella significaba un enfrentamiento violento (certatio per vim) entre naciones y tenía una comprensión muy amplia. En la tradición medieval la guerra era una especie de juicio de dios que había de dirimirse de acuerdo con las reglas de la justicia. Superando estos conceptos, Nicolás Maquiavelo (1469-1527)  —anticipándose al militar prusiano y teórico de la ciencia militar Karl von Clausewitz (1780-1831)—  sentó las bases del concepto moderno de que la guerra es un factor de fuerza en las negociaciones políticas y aconsejó la formación de ejércitos de infantería reclutados entre ciudadanos libres, capaces de luchar por sus convicciones  —a diferencia de los condottieri de su tiempo, que no bregaban por una causa sino por su provecho personal—  y de tener el sentido del honor nacional. El jurista y escritor holandés Hugo Grocio, en la primera mitad del siglo XVII, compartió también la concepción ciceroniana de la guerra, en la que debían movilizarse todos los recursos políticos. Con lo cual empezaron a nacer los conceptos de la nación en armas, del servicio militar obligatorio y del ejército profesional permanente.

          La palabra guerra tiene una significación muy amplia tanto en la dimensión real como en la metafórica. En la dimensión real, guerra es toda disputa violenta entre grupos, aunque tiene una significación militar más estricta: el choque armado entre pueblos o Estados. En la dimensión metafórica puede significar muchas cosas y se la utiliza en diversos sentidos: guerra mundial, guerra convencional, guerra nuclear, guerra de liberación, guerra de secesión, guerra dinástica, guerra de conquista, guerra revolucionaria, guerra religiosa, guerra colonial, guerra ofensiva, guerra defensiva, guerra aérea, guerra terrestre, guerra marítima, guerra del espacio, “guerra de las galaxias”, guerra de guerrillas, guerra civil, guerra santa, guerra religiosa, guerra sucia, guerra de nervios, guerra psicológica, guerra total, guerra de baja intensidad, guerra preventiva, guerra cibernética.

          En sentido general, la guerra es una acción de fuerza destinada a obligar al adversario o enemigo a someterse a una voluntad ajena a la suya. Y en el sentido militar de la palabra, guerra significa lucha armada entre Estados o entre bandos distintos dentro de un mismo Estado. En el primer caso la guerra incumbe al Derecho Internacional y, en el segundo, al Derecho Constitucional.

          La guerra es siempre la ruptura de la paz. Siempre es una contienda armada. Y aunque ella acompañó al hombre a lo largo de su historia  —fue una de las fuerzas que dieron origen a las civilizaciones, ya que los hombres se unieron y organizaron por el miedo—,  no deja de ser una anomalía social, un trastorno en la vida de los pueblos, algo que atenta contra el orden natural de las cosas.

          Con sabias palabras Herodoto (484-425 a. C.) dijo que durante la guerra los padres entierran a sus hijos; en tiempo de paz, los hijos son los que entierran a sus padres, para evidenciar el trastocamiento de las etapas vitales que la guerra significa.

          El célebre reportero y escritor polaco Riszard Kapuscinski (1932-2007), que en su intensa y dramática vida periodística cubrió la información de más de veinte revoluciones en el lugar de los hechos e hizo doce reportajes desde el frente de batalla en diferentes guerras, describió patéticamente en uno de sus libros la irracionalidad de la guerra. Expresó que ella “es la degradación del hombre al mismo nivel de la bestia. Cada guerra es una derrota para todos. No hay ningún vencedor. He visto muchas guerras, pero recuerdo especialmente cómo acabó la Segunda Guerra Mundial. Hubo unos días de euforia, pero luego fue saliendo a la luz la inmensa infelicidad que la acompañaba: los mutilados, los niños huérfanos, las ciudades heridas y arrasadas, la gente irremediablemente enloquecida. La guerra no termina el día en que se firma el armisticio. El dolor persiste mucho tiempo”.

 

 

                          1. Historia de la guerra.   Los hombres y los pueblos han luchado desde siempre. Estudios antropológicos, sin aclarar del todo el asunto, han establecido como motivo de los conflictos la sangre, el poder, el prestigio, la cultura, la religión, el dominio, el territorio, la expoliación económica. Lo cierto es que la guerra ha sido una constante histórica desde las épocas más primitivas de los grupos humanos. Ella ha marcado la vida de los hombres desde las hordas a los imperios. Hasta el extremo de que con frecuencia los filósofos de la historia se han enredado en la discusión bizantina de si la guerra es la ruptura de la paz o la paz es la interrupción de la guerra, es decir, si la guerra es la excepción a la norma de la paz o viceversa. Para decirlo en otras palabras: si la guerra es un período que se interpone en el curso de la paz o si la paz es un corto lapso que interrumpe la continuidad de la guerra. Pertenece al estratego prusiano Karl von Clausewitz la conocida frase de que "la guerra es la continuación de la política con otros medios" y el Primer Ministro de la India, Pandit Jawaharlal Nehru (1889-1964), en su libro autobiográfico, sostuvo que, "históricamente, la paz sólo ha sido una tregua entre dos guerras, una preparación para la guerra y, hasta cierto punto, la continuación del conflicto en la esfera económica y en otros campos”.

          Sin duda que Clausewitz (1780-1831) fue uno de los grandes teóricos de la materia. Su obra “De la Guerra” se convirtió en un libro clásico en las academias militares, aunque con la limitación de que las guerras que conoció y en las que participó el autor fueron las de su tiempo: las guerras napoleónicas, empeñadas en imponer un nuevo régimen político a los vencidos. Eran guerras en las que participaban grandes ejércitos formados por soldados de la república francesa que marchaban al frente de batalla con enorme entusismo revolucionario. Napoleón dispuso de decenas de miles de hombres bajo las armas. En la campaña contra Rusia en 1812 lucharon 460.000 hombres al lado del emperador. Y en las batallas de Ligny y Waterloo, que duraron tres días, intervinieron 350.000 soldados. Por esa época las dinastías europeas veían en los principios de la Revolución Francesa la mayor amenaza contra los regímenes monárquicos. Fue de tales experiencia de donde desprendió Clausewitz su fórmula de que la guerra es la continuación de la política. Pero ella constituye una simplificación. Las palabras de Clausewitz han sufrido con el tiempo una cierta distorsión, al menos en su versión castellana. Lo que él en realidad dijo fue que la guerra es la continuación de la relación política (des politischen verkehrs) con el uso de otros medios (mit einmischung anderer mittel). Lo cual se vio claramente en las guerras napoleónicas.

          Si bien la guerra, según Clausewitz, tiene como fin asegurar un propósito político, ella fue durante mucho tiempo un fin en sí misma. Esta fue su verdadera naturaleza, hasta el punto de que quienes así la consideraron tuvieron mejores posibilidades de éxito que los que trataron de moderar su naturaleza con objetivos políticos.

          La guerra es tan antigua como el hombre. Parafraseando a Aristóteles podría decirse que el ser humano no sólo es un “animal político” sino también un “animal guerrero” puesto que ha hecho la guerra desde tiempos inmemoriales. La guerra ha sido parte de la cultura. No en vano en el último libro del Nuevo Testamento ella está representada por uno de los cuatro jinetes de la Apocalipsis.

          La vida guerrera siempre ha ejercido una gran fascinación sobre la imaginación de los varones. Muchos, desdeñando la vida sedentaria y tranquila, hicieron de ella su realización personal. El “temperamento guerrero” les llevó a considerar que el combate era el supremo ideal de la hombría.

          El inglés John Keegan (1934-2012), uno de los historiadores militares más importantes de nuestro tiempo, señala en su “Historia de la Guerra” seis tipos principales de servicio militar: el guerrero, el mercenario, el esclavo, el regular, el conscripto y el miliciano. Cada una de estas categorías tiene sus características. Los guerreros  —como los primigenios musulmanes, los sij, los zulúes, los aztecas o los ashanti—  fueron combatientes forjados en las viejas tradiciones de lucha de sus tribus primitivas. Son mercenarios quienes prestan sus servicios militares por dinero o por incentivos económicos, como la dación de tierras o, según la usanza de la antigua Roma, la concesión de la ciudadanía. Los regulares son mercenarios que ya gozan de la ciudadanía pero que optan por el servicio militar como medio de subsistencia. El esclavismo militar estaba integrado por los esclavos que se veían forzados a alistarse bajo la más férrea disciplina y en la absoluta desprotección de sus derechos, como ocurrió con los jenízaros o los mamelucos. Los grandes contingentes de remeros en las batallas navales de la Antigüedad y aun después tuvieron generalmente esa condición. La conscripción es un gravamen que se impone a la población masculina de determinada edad  —en algunos países también a la femenina—  para servir a las fuerzas armadas durante un lapso. La institución se inició en agosto de 1793 cuando la Francia revolucionaria decretó que hasta que “los enemigos hayan sido expulsados del territorio de la República, todos los franceses quedan sujetos permanentemente al servicio de las armas”. En cuanto a la milicia, Keegan la entiende de un modo poco convencional: dice que es el deber de todos los varones aptos para prestar servicio militar.

          La integración de los grupos humanos y su evolución hacia estadios superiores se hicieron, en gran medida, por la guerra. Los vencedores dominaron a los vencidos. Los absorbieron y esclavizaron. Así se desarrollaron, en el curso de la prehistoria y de la historia, las hordas, los clanes, las tribus, los Estados, hasta llegar a los imperios. Bien se puede decir que la historia de la humanidad ha sido modelada por las decisiones políticas de los hombres de Estado y por las acciones guerreras de los hombres de armas.

          En el Derecho Internacional clásico se consideró a la guerra como una función natural del Estado y una prerrogativa de su soberanía. Dado que no había órganos legislativos ni judiciales de validez internacional, las diferencias entre los Estados, la modificación de sus límites y la adaptación del Derecho a las nuevas circunstancias nacionales eran las funciones de la guerra.

          Después de la amarga experiencia de la primera conflagración mundial, que alcanzó dimensiones de hecatombe, empezó a pensarse en una limitación del jus ad bellum de los Estados para prevenir que se repitan situaciones como esa. El Pacto de la Sociedad de las Naciones, suscrito en 1919, dice en su preámbulo que es necesario “aceptar ciertas obligaciones de no recurrir a la guerra” que se desarrollaron en sus artículos 11 al 15. Era una renuncia, si bien parcial, al derecho a hacer la guerra que tradicionalmente tuvieron los Estados. El 27 de agosto de 1928 se suscribió en París, a instancias de Estados Unidos y de Francia, el Tratado General de renuncia a la guerra por los delegados de quince Estados. Un total de 60 países, incluidas las grandes potencias, se adhirieron después al tratado, cuyo artículo primero condenaba la guerra como método de solución de las controversias internacionales. Pero era un cuerpo jurídico incipiente. No preveía sanciones para un Estado que iniciase un conflicto armado y tenía muchas otras debilidades. Por eso, este tratado lo mismo que el Pacto de la Sociedad de las Naciones no pudieron evitar que se realizaran numerosos conflictos armados en la década de los años 30. La comunidad internacional miró impotente la agresión de Manchuria por el Japón en 1931, la guerra entre Italia y Abisinia en 1934-1935, la anexión de la región de los sudetes de Checoeslovaquia por Alemania en 1939, la invasión soviética contra Finlandia en el mismo año y poco tiempo después el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial por el nazifascismo.

          Muchos fueron los esfuerzos que se hicieron en aquella época para limitar el “derecho” de los Estados a la guerra. Las conferencias de La Haya en 1899 y 1907 marcaron el comienzo del proceso de búsqueda de soluciones de paz a las controversias entre los Estados. En el proyecto de pacto de asistencia mutua de 1923 se declaraba la “guerra de agresión” como un crimen internacional. En el preámbulo del proyecto de protocolo de Ginebra de 1924 se mandaba “no recurrir a la guerra en ningún caso” excepto en los expresamente enumerados en su texto. Las partes del tratado de Locarno de 1925 se comprometieron mutuamente a no atacarse o invadirse o recurrir a la guerra entre ellas, salvas ciertas excepciones. La Asamblea de la Sociedad de las Naciones, a petición de Polonia, aprobó en 1927 una resolución que expresaba que “una guerra de agresión no puede servir nunca como medio de resolver las controversias internacionales y, en consecuencia, es un crimen internacional”. En el ámbito regional, la Sexta Conferencia Panamericana, reunida en La Habana en 1928, consideró que “la guerra de agresión constituye un crimen contra la especie humana” y que, por consiguiente, “toda agresión es ilícita y como tal se la declara prohibida”.

          Pero todos estos buenos deseos y las palabras esperanzadas fueron barridos implacablemente por los fusiles nazis, que iniciaron en 1939 la Segunda Guerra Mundial.

          El precario orden internacional que surgió del Tratado de Versalles empezó a derrumbarse con la invasión japonesa a Manchuria en 1931. La comunidad internacional no pudo frenar al Japón en sus intenciones expansionistas. Hitler se anexó por la fuerza o la intimidación varios territorios. Empezó con Austria tres años después de que la Italia fascista invadiera impunemente Etiopía. Austria fue ocupada por las fuerzas militares nazis en la primavera de 1938 y anexada al Tercer Reich, en cumplimiento del viejo sueño del führer, a vista y paciencia de la comunidad internacional que estaba paralizada de miedo ante el poderío militar nazi-fascista. En julio de 1936 se produjo el alzamiento falangista en España para destruir el régimen republicano. Hitler y Mussolini ayudaron a Francisco Franco con más de cien mil soldados, aviones, buques, submarinos, tanques, cañones antiaéreos y piezas de artillería. Recordemos la denominada Legión Cóndor de combatientes hitlerianos en suelo español. En la primavera de 1939 Alemania convirtió en “protectorados” a Bohemia y a Moravia. Arthur Neville Chamberlain y Edouard Daladier, primeros ministros de Inglaterra y Francia, hicieron en ese momento concesiones suicidas a favor de Hitler en el caso de los sudetes checos. El 21 de agosto de 1939 la Unión Soviética firmó con el líder nazi el vergonzoso acuerdo de no agresión, denominado pacto Ribbentrop-Molotov. Mientras esto ocurría, Alemania reestructuraba su maquinaria militar y emprendía su rearme en gran escala. Finalmente, cuando Hitler invadió Polonia el primero de septiembre de 1939, Inglaterra y Francia decidieron detener el expansionismo hitleriano y se desató la Segunda Guerra Mundial, que enfrentó a las denominadas potencias aliadas  —Francia, Inglaterra, China, Estados Unidos de América, Canadá, Unión Soviética, Australia, Nueva Zelandia, India, Polonia—  contra las potencias del eje Roma-Berlín formado originalmente por Italia y Alemania, al que se adhirió Japón a partir del pacto tripartido celebrado el 27 de septiembre de 1940 y al que se incorporó después una serie de gobiernos títeres manejados por la Alemania nazi: Bohemia, Moravia, Croacia, Eslovaquia, Serbia, Albania, Montenegro y otros.

          Se combatió encarnizadamente en Europa, Asia, África y Oceanía. Y en los océanos y los siete mares. Los combates dejaron más de ochenta millones de muertos.

          En la primera fase de la guerra las fuerzas militares aliadas habían sido derrotadas en todos los frentes y combates por las tropas hitlerianas. La situación era sombría. Hitler dominaba el Occidente europeo  —en donde sólo Inglaterra se mantenía en pie de guerra—  y sus ejércitos se habían adentrado miles de kilómetros en la Unión Soviética. Italia dominaba el Mediterráneo. Los japoneses habían conquistado buena parte de China, Indochina, Tailandia y Singapur y se preparaban para invadir Malaya, las Indias orientales holandesas y las Filipinas. En la primavera de 1942 dominaban el Pacífico occidental y tenían en su poder los grandes recursos de petróleo, caucho y estaño de Indonesia. Amenazaban Australia, hacia el sur, y Alaska hacia el norte.

          En tales condiciones se produjo el ataque japonés a la base naval norteamericana de Pearl Harbor en Hawai el 7 de diciembre de 1941. Esto obligó a Estados Unidos a entrar a la guerra. Y lo primero que hicieron fue orientar gran parte de su infraestructura industrial hacia la fabricación de artefactos bélicos. Entre julio de 1940 y agosto de 1945 produjeron cerca de 300.000 aviones de combate, 86.000 tanques, 3 millones de cañones, centenares de miles de vehículos militares y 71.000 barcos de guerra, de los cuales más de 100 mil camiones y jeeps, miles de aviones, 6 millones de toneladas de acero y otros pertrechos fueron entregados a Inglaterra; y más de 400 mil camiones, 50 mil jeeps, 7.000 tanques y 420.000 toneladas de aluminio, aparte de grandes cantidades de alimentos y vituallas, a la Unión Soviética.

          Lo cual desmintió a Hermann Goering, el ministro nazi de la aviación, quien afirmó con ironía al comienzo de la guerra que “los norteamericanos no pueden construir aeroplanos; no saben hacer más que refrigeradores eléctricos y hojas de afeitar”.

          Con el ingreso de Estados Unidos la guerra tomó otro rumbo. Ellos embarcaron más de cinco millones de soldados hacia los campos de batalla alrededor del planeta. Contribuyeron a sostener, equipar y abastecer los ejércitos de Inglaterra, Rusia, China, Francia y otros aliados. Los barcos norteamericanos combatieron en todos los mares. Después de las batallas alrededor de las islas Salomón, Gilbert, Marshall, Marianas y Bonin, terminaron con el dominio japonés en el Pacífico, reconquistaron las Filipinas y tomaron Iwo Jima y Okinawa.

          Hasta ese momento las fuerzas militares aliadas habían sido derrotadas en todos los frentes y combates por las tropas hitlerianas. La situación era sombría. Hitler dominaba el Occidente europeo  —en donde sólo Inglaterra se mantenía en pie de guerra—  y sus ejércitos se habían adentrado miles de kilómetros en la Unión Soviética. Italia dominaba el Mediterráneo. Los japoneses habían conquistado buena parte de China, Indochina, Tailandia y Singapur y se preparaban para invadir Malaya (la actual Malasia), las Indias orientales holandesas y las Filipinas.

          En diciembre de 1941 parecía inminente que las tropas alemanas, avanzando triunfalmente hacia el Oriente a través del Cáucaso y del norte de África, se juntarían con las japonesas en la India, después de que éstas hubieran cruzado los territorios de China y de Birmania.

          El fin de la guerra mundial empezó en la madrugada del 6 de junio de 1944  —conocido en los anales de la historia militar como el “día D”—  con el desembarco de las fuerzas aliadas en las playas de Normandía, en el que intervinieron 1’750.000 soldados británicos, 1’500.000 norteamericanos y 250.000 franceses, canadienses, polacos y de otras nacionalidades, bajo el comando supremo del general estadounidense Dwight D. Eisenhower y los mandos adjuntos de los mariscales ingleses Bernard L. Montgomery, en las fuerzas terrestres, y Trafford L. Leigh-Mallory, en las fuerzas aéreas.

          El desembarco de Normandía fue una colosal operación militar —la mayor invasión por mar de la historia—, en la que intervinieron tres millones y medio de combatientes con gigantescas cantidades de pertrechos bélicos. Comenzó en la madrugada de aquel día después de que los intensos bombardeos de las fuerzas aliadas alejaron de la costa a las tropas alemanas comandadas por el mariscal Erwin Rommel y destruyeron sus vías de comunicación con el interior del país. Logrado este objetivo, paracaidistas norteamericanos de las 82ª y 101ª divisiones aerotransportadas, junto con fuerzas especiales británicas a bordo de planeadores, se posaron detrás de la primera línea defensiva de las tropas alemanas  —en la retaguardia enemiga—  para detener la llegada de refuerzos. La víspera, el 2º batallón Ranger del ejército estadounidense, en una operación muy riesgosa, había desembarcado en la playa de Pointe du Hoc, a las 21:00 horas, para impedir que los cañones alemanes dificultasen el desembarco en las playas de Omaha y Utah.

          Al anochecer del día D la cabeza de playa estaba tomada y durante los días siguientes desembarcaron miles de soldados aliados. La playa más difícil de tomar  —de las cinco en que se dividió la operación—  fue la de Omaha, en donde las defensas alemanas estuvieron más concentradas. Allí murieron seis mil soldados norteamericanos y quince mil fueron heridos. Murió la mitad de los combatientes que tocaron tierra en los primeros encarnizados combates, pero los que vinieron detrás pudieron atravesar las playas y destruir las fortificaciones hitlerianas.

          Fue este uno de los episodios culminantes y decisorios de la Segunda Guerra Mundial. La cruenta operación militar liberó a Francia de los cuatro años de ocupación alemana, inició la reconquista de Europa y acercó el fin de la guerra mundial.

          El 25 de abril de 1945 las tropas norteamericanas e inglesas, procedentes de Normandía, se encontraron en el río Elba con las tropas soviéticas que venían de las orillas del Dnieper. Habían recorrido 3.200 kilómetros de combates para el encuentro. Los alemanes hicieron su último intento de defender Berlín, pero fueron destrozados. Entonces Hitler se suicidó  —poco tiempo antes Mussolini había sido colgado de un farol—  y los restos del ejército nazi se rindieron incondicionalmente.

          No obstante, hay versiones de que el líder nazi no se suicidó  —nunca se encontró su cuerpo—  sino que fugó en un submarino hacia la Patagonia argentina, donde vivió sus últimos años.

          En todo caso, terminaron así los delirantes desvaríos del führer en torno a los mil años del Tercer Reich.

          Sin embargo, las tropas japonesas no se rendían. Fue necesario el infierno nuclear para que capitularan. El 6 de agosto de 1945, a las 8 horas y 15 minutos de la mañana, un bombardero B-29 de la fuerza aérea norteamericana lanzó la primera bomba atómica de la historia. Fue sobre Hiroshima. Y tres días después la segunda, en Nagasaki. Esto produjo, cinco días más tarde, la rendición incondicional del Imperio Japonés, que fue formalizada el 2 de septiembre de 1945 a bordo del acorazado norteamericano U.S.S. Missouri, anclado en la rada de Tokio.

          Pero Europa, en ese momento, era una masa informe de escombros, bajo los cuales yacían sepultadas las auspiciosas intenciones de paz y de justicia de otros tiempos.

          Era preciso construir todo de nuevo, tal como habían previsto hacerlo el presidente de Estados Unidos Franklin D. Roosevelt y el primer ministro inglés Winston Churchill, en su ya remota reunión del océano Atlántico el 14 de agosto de 1941, para crear el orden internacional del futuro “después de la destrucción total de la tiranía nazi”.

          El Derecho Internacional contemporáneo, surgido en la última postguerra, contuvo por primera vez normas con cierta eficacia para “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra” y para constreñir a los Estados a que arreglasen sus diferencias por medios pacíficos. Creó en 1945 la Organización de las Naciones Unidas, dotada de órganos parlamentarios, judiciales y ejecutivos, para preservar la paz y la seguridad en el mundo. Su Carta fundacional, suscrita por 193 Estados del planeta, sólo contiene una excepción a la prohibición de acudir al uso de la fuerza: la legítima defensa individual y colectiva en caso de ataque armado contra un miembro de las Naciones Unidas, hasta tanto que el Consejo de Seguridad haya tomado las medidas necesarias para mantener la paz y la seguridad internacionales.

 

 

                           2. La “guerra justa”.    La guerra ha merecido a lo largo del tiempo diversas calificaciones éticas. Durante mucho tiempo la guerra fue considerada como un derecho de los entes políticos y de los Estados. Incluso cuando se firmaron tratados y convenciones de “renuncia a la guerra” se lo hizo como una renuncia a un derecho. Hubo la tesis de la “guerra justa”  —bellum justum—,  en virtud de la cual, dentro de ciertas circunstancias, la guerra tenía una justificación moral. Sus raíces se remontan a los primeros siglos de nuestra era. San Agustín (354-430) distinguió la guerra justa y la guerra injusta a comienzos de la Edad Media y afirmó que las acciones bélicas estaban permitidas a los cristianos cuando había una “justa causa” para empuñar las armas. Los teólogos y canónigos que le sucedieron trataron de definir mejor estos conceptos. Más tarde santo Tomás de Aquino (1225-1274) teorizó sobre las condiciones que ha de reunir una guerra para ser considerada como “justa” y estableció tres: a) la declaración de guerra debe ser formulada por la autoridad legítima, b) debe existir una “justa causa” para ello, y c) el beligerante debe tener “recta intención”. La doctrina posteriormente agregó dos condiciones: a) la guerra ha de ser “necesaria”, esto es, no debe haber otra forma de reparar la injusticia, y b) deben emplearse medios proporcionales para alcanzar sus fines.

          Los juristas españoles del siglo XVI Francisco de Vittoria y Francisco Suárez elaboraron, sobre la base del pensamiento tomista, la teoría de la “guerra justa” en virtud de la cual un Estado tiene derecho a emplear sus armas en legítima defensa ante una “injuria grave recibida” o como punición por la violación de un derecho propio.

          Pero nadie llegó tan lejos en su época en el análisis de los derechos y deberes entre los Estados, en tiempo de paz y en tiempo de guerra, ni en el estudio de sus reclamaciones “justas”, como el jurista holandés Hugo van Groot, mejor conocido como Hugo Grocio (1583-1645). Sus antecesores  —los teólogos españoles Francisco de Vitoria y Francisco Suárez y el profesor italiano Alberico Gentili—  no alcanzaron la amplitud y profundidad de miras del pensador holandés, quien sostuvo, a principios del siglo XVII, que es “guerra justa” no solamente la que se promueve en legítima defensa sino también aquella que, bajo determinadas circunstancias, se hace preventivamente, ante el peligro inminente de sufrir una agresión y aunque las injurias aún no hayan sido inferidas.

          Con estas y otras ideas el marco de razones justificativas de la guerra se amplió tanto que el Derecho Internacional clásico terminó por aceptar la facultad ilimitada de los Estados a hacer la guerra.

          Los intentos de aplicar la teoría del “bellum justum” llevaron a terribles excesos bélicos, no sólo porque las ambiciones de los caudillos rebasaron toda pretendida limitación de la guerra y más pudo la >razón de Estado, sino también porque las propias condiciones de la “guerra justa” fueron muy subjetivas o resultaron inaplicables a los casos concretos de conflicto. El propio Grocio, a quien se considera como el padre del Derecho Internacional, en su célebre obra “De jure belli ac pacis” (traducida al inglés bajo el título de "The Law of War and Peace"), encontró que era muy difícil establecer la “justicia objetiva” en cada caso concreto por la interposición de las “inocencias subjetivas” de las partes. Y por eso resultó imposible detener los conflictos armados incluso entre los Estados que se llamaban “cristianos” y que invocaban la misma tesis tomista de la “guerra justa” pero desde riberas contrarias.

 

 

                           3. El jus ad bello y el jus in bello.   En la práctica la teoría de la “guerra justa” trajo tantas dificultades, puesto que cada Estado beligerante interpretaba a su manera la “justicia” de su causa, que al Derecho Internacional no le quedó más remedio que desarrollar normas jus ad bello y jus in bello para limitar el derecho a la guerra de los Estados y controlar de alguna manera las hostilidades entre ellos una vez que la guerra había empezado.

          El Derecho Internacional clásico trató de determinar no solamente en qué circunstancias era legítimo el recurso de la guerra, es decir, bajo qué condiciones tenían los Estados el derecho de hacer la guerra —jus ad bello— sino que además intentó desarrollar normas que regulasen el proceso mismo de la guerra  —jus in bello—  para evitar los excesos de crueldad y los actos inhumanos, establecer las prerrogativas de los Estados beligerantes durante el conflicto, reglamentar la neutralidad de los otros Estados y regular los derechos de los combatientes y de los prisioneros.

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