Neologismo recientemente aceptado por el diccionario castellano (derivado del inglés “globalization”) con el que se designa al proceso inducido de la internacionalización e >interdependencia de las economías nacionales en el marco de un planeta que tiende a ser una sola unidad económica y un solo gran mercado financiero, comercial, monetario, bursátil y crediticio que funciona las 24 horas del día, en cuyo torno se han formado grandes bloques económicos mentalizados e impulsados por los países industriales en su afán de abrir el libre flujo de mercancías, servicios, capitales y tecnologías, eliminar toda clase de barreras arancelarias y administrativas al comercio internacional y colocar “libremente” sus productos en los mercados del mundo.
Se atribuye al profesor alemán Theodore Levitt de la Universidad de Harvard haber acuñado el término inglés globalization. Lo hizo en su artículo “Globalization of Markets” publicado en la “Harvard Business Review”, edición de mayo-junio de 1983.
Los alemanes llaman al fenómeno globalisierung, los portugueses globalizaçao y los franceses mondialisation. Algunos autores de habla castellana usan también el neologismo mundialización, a pesar de que no resulta muy preciso y carece del sentido de rotundidad que tiene globalización.
En los últimos años se ha pasado rápidamente de una economía internacional fragmentada en varios grupos débilmente integrados —la zona de la libra esterlina, la zona del franco, la del dólar, el grupo de asistencia económica recíproca del área marxista (CAME)— a una economía internacional de integración planetaria. Han desaparecido los altos aranceles, las barreras comerciales, la vigilancia sobre el movimiento de capitales, el control de cambios, las murallas aduaneras, las regimentaciones a la inversión extranjera. Y en su lugar se han establecido las zonas de libre comercio, las uniones aduaneras, los mercados comunes, la liberalización de las economías, las corporaciones transnacionales, la libre inversión extranjera, el flujo internacional irrestricto de los factores productivos, los grandes mercados financieros internacionales, el intercambio de profesionales y técnicos, la internacionalización de la tecnología, el auge del turismo y la “planetarización” de las comunicaciones.
Este proceso de transformación económica ha recibido el nombre de “globalización” y se ha visto favorecido por los eficientes instrumentos que ha puesto a su servicio la tecnología moderna —tales como la informática, los ordenadores, el manejo electrónico del dinero, internet— y por el auge de los medios de comunicación, el transporte y el turismo internacionales.
La globalización es la etapa superior del desarrollo del capitalismo mundial. Tiene como elemento clave a la empresa transnacional. Global es el nuevo espacio que necesitan la producción y la tecnología de los países grandes para expandirse más. El espacio planetario de hoy es el equivalente de lo que fue el espacio estatal en los siglos XVIII y XIX, esto es, el escenario de la economía.
Pero es preciso decir que la “globalización” de las economías nacionales es algo más que la “internacionalización” de las actividades económicas. Es más que la interacción de las economías nacionales. La diferencia está en que, en la internacionalización tradicional de las economías, los principales agentes económicos siguen siendo las economías nacionales bajo la conducción del Estado, y aunque ellas han entretejido una compleja red internacional subsiste la distinción entre el “escenario doméstico” y el “escenario internacional”. Los capitales, aunque estén internacionalmente articulados, tienen una base territorial nacional. En la globalización, en cambio, la economía global es una entidad con sustancia y energía propias que existe por encima de las economías, los gobiernos y los agentes económicos nacionales. Ella determina lo que puede y lo que no puede realizarse en el ámbito estatal y los gobiernos no están en capacidad de impedirlo. Como lo explicaré posteriormente, el capital global, esencialmente móvil, se ha sobrepuesto a las soberanías nacionales y busca los mejores rendimientos en cualquier lugar, sin consideración alguna a las fronteras estatales. No tiene una base nacional. Sus principales agentes, que son las <corporaciones transnacionales, se han desprendido de los lazos territoriales. La “globalización”, por tanto, no es el nuevo nombre de la “internacionalización” tradicional de las economías, sino un concepto nuevo y diferente que responde a una inédita situación de las cosas económicas. En este sentido, la globalización se presenta como la etapa superior del desarrollo del capitalismo mundial: es la extensión planetaria del modo de producción e intercambio capitalistas sobre un mercado internacional continuo.
Por eso, tras bastidores, ella ha sido fuertemente impulsada por ciertos centros del poder capitalista mundial —la Comisión Trilateral, el Club Bilderberg, el Council of Foreign Relations (CFR)— que ejercen una clandestina pero enorme influencia en la toma de decisiones de la política global. Todos ellos se presentan como grupos de reflexión y análisis —think tanks— pero en la práctica ejercen poderes fácticos gigantescos en el diseño y ejecución de las políticas económicas de alcance planetario, dada su influencia sobre los gobernantes de Estados industriales y sobre los organismos económicos multilaterales.
Estos centros de poder globales, cuyas actividades reales se mantienen en la penumbra, están integrados por personeros de megaempresas transnacionales, líderes políticos influyentes del primer mundo y empresarios de los mass media de mayor alcance planetario, quienes utilizan para sus propósitos a científicos, académicos e intelectuales que les proveen los elementos de juicio para sus proyectos de dominación mundial.
La Comisión Trilateral fue fundada en 1973 bajo la inspiración del profesor polaco Zbigniew Brzezinski de la Universidad de Columbia en Nueva York, con el financiamiento de los hermanos Rockefeller y el Chase Manhattan Bank. Agrupó a prominentes hombres de empresa de Estados Unidos, Europa y Japón, preocupados por las incomprensiones políticas y económicas que se suscitaban entre Estados Unidos, Europa y Japón y que debilitaban el frente capitalista confrontado con la Unión Soviética en el curso de la >guerra fría.
La Trilateral asumió después una serie de objetivos adicionales: planificar el nuevo orden político y económico internacional, buscar la gobernabilidad mundial —global governance—, orientar las revoluciones digital y biogenética, expedir un código de seguridad universal, controlar la energía nuclear, afianzar el >neoliberalismo, impulsar la globalización, implantar las tres monedas universales para facilitar las transacciones internacionales: el <euro para Europa, el dólar para Estados Unidos y las Américas y una tercera moneda para la constelación de países de Asia-Pacífico. Al conjunto de las ideas de la Comisión Trilateral se denomina >trilateralismo.
El casi secreto <Club Bilderberg nació en 1954 —en plena guerra fría— por iniciativa del príncipe Bernardo de Holanda, del multimillonario David Rockefeller, de Henry Kissinger y de grandes hombres de empresa, temerosos de la amenaza comunista, para diseñar un nuevo orden político y económico mundial en la segunda postguerra, que favoreciera los intereses de las grandes empresas de Occidente. Agrupa a prominentes banqueros e industriales, a jefes de gobierno y líderes políticos, a dueños de los grandes medios de comunicación, a presidentes de compañías transnacionales y a economistas, científicos y académicos comprometidos con la causa del globalismo y el mercado libre.
En 1921 se fundó el Council of Foreign Relations (CFR), financiado por la banca Morgan, para defender el <establishment norteamericano, al margen y por encima de los grandes partidos políticos estadounidenses. Aunque oficialmente se define como un centro de investigaciones sobre las relaciones internacionales, es en realidad un poderoso grupo de presión transnacional que pretende imprimir su voluntad en las grandes decisiones de la política y economía mundiales. A lo largo del tiempo ha reclutado influyentes banqueros de >Wall Street y ha asumido el tratamiento secreto de los nuevos temas de incidencia mundial relacionados con la globalización, ciencia y tecnología, energía nuclear, ambientalismo y otros.
Todos estos grupos han promovido con fuerza la globalización de la economía mundial para expandir las actividades y los rendimientos de las corporaciones transnacionales en los mercados del mundo, exentos ya de trabas arancelarias.
Pero, al otro lado, hay líderes políticos, corporaciones y foros que han declarado guerra a muerte a la globalización, como es el caso de Foro Social Mundial, o que han propuesto reformas fundamentales para que la globalización rinda frutos globales, es decir, frutos para todos, como ha propuesto el Global Progressive Forum (GPF).
Este foro nació por iniciativa de los partidos socialistas y laboristas de Europa, de la bancada socialista dentro del Parlamento Europeo y de la >Internacional Socialista en la reunión celebrada en Bruselas del 27 al 29 de noviembre del 2003 con el propósito de reorientar la gobernanza mundial. En su reunión efectuada el 9 y 10 de septiembre del 2005 en Milán, que juntó a líderes políticos, sindicalistas, personeros de organizaciones no gubernamentales, pensadores de izquierda, académicos y personalidades sobresalientes de la política mundial, el GPF formuló una agenda global de ocho puntos: el futuro de África, la lucha contra el SIDA, la reforma de la Organización de las Naciones Unidas y de las instituciones de Bretton Woods, pobreza y medio ambiente, la mujer y la globalización, comercio y pobreza, necesidades del financiamiento global y la dimensión social de la globalización.
El GPF considera que el proceso de globalización es irreversible pero quiere darle un “rostro humano”, con posibilidades de desarrollo para todos. Sostiene que el modelo actual de globalización profundiza la pobreza en amplias zonas del planeta mientras que concentra los beneficios en los países industriales desarrollados y es, por eso, un modelo insostenible. Es una globalización cargada de injusticias. Para rectificar es preciso concertar las acciones de todos los perjudicados por ella. Entre las reformas que plantea para las Naciones Unidas está la creación de un Consejo Económico que rija las políticas de globalización.
El sector más progresista de la socialdemocracia noreuropea ha criticado con fuerza la “globalización neoliberal”, cuyas raíces se hunden en las agendas gubernativas Reagan/Thatcher de los años 80 y cuyos principales objetivos son profundizar las políticas económicas orientadas por el laissez-faire y el mercado en menoscabo de las políticas de bienestar y de justicia social, eliminar la injerencia del Estado en el proceso económico, derogar las leyes que regulan los movimientos de los agentes económicos privados, favorecer la privatización de los bienes estatales, impulsar la denominada desregulación económica y liberalizar la economía. Estos y otros objetivos de corte neoliberal se plasmaron, en lo que a América Latina se refiere, en el llamado <Consenso de Washington de noviembre de 1989. Los socialdemócratas sostienen, en cambio, que hay que fortalecer el gobierno y establecer controles sobre los mercados de capitales como respuesta a la globalización. Eso lo dijeron tempranamente Paul Hirst y Grahame Thompson en su libro “Globalization in Question” (1999) y lo repitió Wil Hout en su artículo sobre la socialdemocracia europea y la globalización neoliberal, publicado en la revista alemana “Internationale Politik und Gesellschaft” de febrero del 2006. La respuesta socialdemócrata a la agenda global neoliberal debe ser —dijo éste— la elevación del nivel programático de los proyectos políticos, en contraste con el fin de las ideologías que proclaman las derechas, dentro de un pacto socialdemócrata global como el que sugirió el británico David Held a principios del siglo XXI. En esta nueva “democracia cosmopolita” (cosmopolitan democracy) Europa puede jugar un papel importante, según afirmó el pensador inglés.
Sin embargo, la globalización ha significado paradógicamente la fragmentación interna de los países por la vía de la profundización de sus diferencias sociales. Hay una tremenda dinámica globalización-fragmentación. Los amplios horizontes del flujo económico y de las comunicaciones que se abrieron en el período de la postguerra fría han producido contradictoriamente un acusado fraccionamiento interno en los países del mundo subdesarrollado por la profundización de sus desigualdades socioeconómicas. El proceso de globalización ha tomado la iniciativa en la organización de los mercados y ha acentuado terriblemente las disparidades sociales. Un pequeño grupo se ha visto favorecido por la internacionalización de la economía y un amplísimo sector ha resultado víctima de las nuevas relaciones económicas que ha traído consigo este fenómeno. Se ha creado un verdadero culto a las diferencias. Todo está hecho para marcarlas, para señalarlas indeleblemente, para que se vean a simple vista. El aparato de la publicidad comercial las estimula y se aprovecha de ellas. Todo el sistema opera sobre la base de las desigualdades sociales.
A principios de diciembre de 1995 tuve la oportunidad de conversar sobre el tema en Santiago de Chile con el economista Osvaldo Sunkel, autor años atrás de la tesis de la integración cultural transnacional combinada con desintegración cultural interna en los países latinoamericanos, que consiste en que las cúpulas sociales de estos países se comunican más fácilmente con las de los países desarrollados que con sus propios coterráneos de la periferia sumergida. El economista chileno piensa que el fenómeno de la globalización sigue esa dirección, o sea que es una forma actualizada y sofisticada de la misma integración transnacional de la que habló hace más de veinte años. Eso significa que en realidad es una globalización por las alturas, en cuyo diseño y usufructo no tienen participación equitativa los pueblos. Lo cual acentúa las diferencias económicas y sociales entre los segmentos ricos y los pobres, en función del rol que cumplen en el proceso de la globalización.
Bien podría hablarse de una “globalización de arriba”, instrumentada por grupos y corporaciones articulados con el comercio internacional, y una “globalización de abajo” promovida por los actores políticos y sociales emergentes. La primera la impulsan principalmente las empresas transnacionales y sus agentes locales, que ven al mundo como un solo y gran mercado a conquistar, que homologan pautas de consumo y estilos de vida, que con sus flujos económicos saltan las fronteras nacionales. La segunda, en cambio, está empujada por una serie de organizaciones de diversa clase —humanitarias, religiosas, laborales, ecológicas— que por su afinidad de intereses han logrado articular organizaciones globales. Estos movimientos sociales de carácter transnacional también se han extendido más allá de las fronteras nacionales y, de diversas maneras, pretenden desvincularse de las categorías convencionales de “Estado” y de “soberanía”, del mismo modo aunque bajo otra inspiración que las <corporaciones transnacionales. Esto se puso en evidencia con las gigantescas movilizaciones populares que se produjeron en la ciudad de Porto Alegre en Brasil, como protesta contra la globalización y contra las reuniones del Foro Económico Mundial de Davos, y con las que se dieron alrededor del mundo en febrero y marzo de 2003 para repudiar la anunciada guerra de Estados Unidos e Inglaterra contra el dictador de Irak, Saddam Hussein.
El sociólogo y periodista ecuatoriano Gonzalo Ortiz Crespo afirma en su obra “En el Alba del Milenio. Globalización y Medios de Comunicación en América Latina” (1999), que el proceso de concentración de la riqueza es uno de los fenómenos intrínsecos de la mundialización. Dice que “en un estudio de las mil empresas más grandes del mundo se lo puede comprobar: en 1950 el ejecutivo máximo de una de esas empresas ganaba 20 veces más que un trabajador promedio; para 1960 ya ganaba 40 veces más. ¿Saben cuánto gana ahora? Según la revista 'Time', marzo de 1996, un gerente general medio de esas empresas gana 187 veces más que un trabajador común. Algunos de esos ejecutivos alcanzan cifras verdaderamente obscenas: el máximo ejecutivo de la Walt Disney Co. se llevó entre sueldos y beneficios en 1995 más de 200 millones de dólares”.
Pero las cosas no se detuvieron allí. El proceso de concentración de los ingresos de los ejecutivos de las grandes empresas norteamericanas se agudizó aun más en los años siguientes. El Instituto para Estudio de Políticas, con sede en Estados Unidos, reveló que en el año 2004 los presidentes y directores ejecutivos de esas corporaciones —la Chevron, la ExxonMobil, la Pfizer, la Home Depot, la UnitedHealth y varias otras— ganaron 431 veces más que el ingreso promedio de un trabajador.
En medio de la terrible crisis financiera y económica de Wall Street, que estalló en Nueva York en septiembre del 2008, se descubrió que el dispendio en las remuneraciones de los altos funcionarios ejecutivos de las corporaciones financieras privadas norteamericanas y europeas era escandaloso. Morgan Stanley, Goldman Sachs, Merrill Lynch, Lehman Brothers, Bear Stearns y otras empresas bancarias y financieras norteamericanas pagaban sueldos y remuneraciones desproporcionados. Stanley O’Neal, ejecutivo de Merrill Lynch, ganó cerca de cien millones de dólares en ese año y, al separarse de la institución en octubre del 2007, percibió la gratificación de 161 millones de dólares. Richard Fuld, consejero de Lehman Brothers —el primer banco en quebrar al inicio de esa crisis—, recibió salarios por alrededor de 40 millones de dólares en aquel año y desde 1993 hasta el 2007 obtuvo “compensaciones” por valor de 490 millones de dólares. En el mismo año, el banco Bear Stearns pagó 13 millones de dólares a su consejero-delegado James Cayne al abandonar la entidad y el Wachovia desembolsó 42 millones de dólares, por el mismo motivo, a favor de su consejero Kenneth Thompson. Robert Willumstad, consejero de la empresa aseguradora AIG, recibió 7 millones de dólares por tres meses de trabajo. La caja de ahorros y préstamos Washington Mutual entregó 14 millones de dólares a Kerry Killinger y 19 millones a Alan Fishman por tres semanas de servicios. Algo parecido, aunque en menor escala, ocurrió en Europa. Al dimitir su función de director ejecutivo, el banco belga-holandés Fortis reconoció a Herman Verwilstfines en septiembre del 2008 cinco millones de dólares por tres meses de trabajo.
Era la orgía de los millones en los círculos bancarios y financieros del mundo desarrollado.
El profesor inglés Anthony Giddens, en su libro “La Tercera Vía” (2000), afirma también que bajo el neoliberalismo y la globalización “la acumulación de privilegios en la cúspide es imparable” y que “la brecha entre los trabajadores mejor pagados y peor pagados es mayor de lo que ha sido durante al menos cincuenta años”.
El Foro de Sao Paulo —organización latinoamericana de izquierdas marxistas y no marxistas fundada en 1990—, en su empeño por poner de manifiesto el proceso de concentración del ingreso en las alturas de la pirámide social y la profundización de la pobreza en las masas, sostuvo en su IX encuentro efectuado en Managua en febrero del 2000 que “mientras en 1960 el 20 por ciento más rico de la población mundial disponía de un ingreso 30 veces mayor que el del 20 por ciento más pobre, hoy esa relación es de 82 a uno. Existen actualmente 358 personas, las más ricas del mundo, cuyo ingreso anual es superior al ingreso del 45 por ciento de los habitantes más pobres, o sea 2.600 millones de personas”. Y agregaba: “30 millones de personas mueren por hambre cada año y más de 800 millones están subalimentadas”.
Esta enorme disparidad es parte de la esquizofrenia de la globalización que fracciona internamente las sociedades. Y lo peor es que esas diferencias en el ingreso se agrandarán en la >sociedad del conocimiento de los próximos años, a menos que se tomen medidas enérgicas para impedirlo.
Para entender la globalización y todo lo que en torno de ella acontece en el mundo, hay que partir de dos premisas:
a) Que la globalización responde al interés primordial de los países industriales, encabezados por la potencia triunfadora de la guerra fría. Ella es para tales países un objetivo estratégico. La globalización no es un fenómeno nuevo en la historia. Todo imperio estableció su propia globalización de acuerdo con sus conveniencias. La de hoy, sin embargo, es una globalización de la era de las comunicaciones planetarias y por ello su alcance es mucho mayor; y
b) Que la globalización, impuesta por los países industriales, se potencia en el interior de los países subindustrializados por el apoyo que recibe de los grupos económicos que se benefician con ella. Esos grupos, altamente situados en el escalafón económico y social, articulan sus intereses con los de las metrópolis para sacar el mayor provecho posible del nuevo orden económico.
La globalización es, por definición, un sistema económico en el que los factores de la producción —trabajo, capital y tecnología— lo mismo que los bienes y servicios se desplazan libremente por el planeta. Las grandes empresas trasladan sus operaciones productivas de donde son caras a donde son baratas y los bienes y servicios que producen de donde son baratos a donde son caros. Esto les significa enormes ganancias.
Ortiz sostiene que la globalización obedece a la aparición en los últimos 25 años del siglo XX de cinco fenómenos cuya intensidad no tiene precedentes: “el alcance, cobertura, calidad y velocidad de las comunicaciones; la abundancia, eficiencia y contundencia de las conexiones económicas entre unos sectores y otros, entre unos países y otros, aparentemente distantes entre sí (capítulo que incluye pero no se limita a las transferencias electrónicas de fondos); la cobertura planetaria de la operación de las transnacionales; el concomitante debilitamiento del papel de los Estados nacionales, sobre todo de los países subdesarrollados; y la existencia de problemas y causas comunes a toda la humanidad”, como son las cuestiones del medio ambiente, la explosión demográfica, los flujos migratorios, el uso de la energía y el agotamiento de los recursos no renovables del planeta.
Como es lógico, la globalización tiene ganadores y perdedores tanto dentro de los países como entre ellos. Es portadora de desigualdades nuevas, de profundización de las desigualdades tradicionales y de opresiones específicas. La prosperidad que produce es compartida de modo desigual. Hacia el interior, como lo señaló ya hace varios años el PNUD en su Informe sobre Desarrollo Humano 1997, “la desigualdad de ingreso ha llegado a niveles que no se conocían desde el siglo pasado”. Hacia el exterior aquélla entraña un régimen de comercio internacional asimétrico que asigna los beneficios económicos del sistema a los países grandes e impone gravámenes a los pequeños, todo esto en medio de ampulosos y repetidos argumentos en favor del “comercio libre” y de las virtudes de la “libre competencia”. No obstante lo cual, según registró el mencionado Informe del PNUD, “el promedio de los aranceles con que los países industrializados gravan sus importaciones de los países menos adelantados son 30% superiores al promedio mundial”.
Por eso el papa Juan Pablo II durante su visita a México, el 23 de enero de 1999, repitió sus censuras contra la globalización por favorecer a los poderosos y castigar a los más pobres. Afirmó en aquella ocasión que “si la globalización se rige por las meras leyes del mercado, aplicadas según las conveniencias de los poderosos, lleva a consecuencias negativas”, como “el aumento de las diferencias entre ricos y pobres y la competencia injusta que coloca a las naciones pobres en una situación de inferioridad”. Cosa que fue reiterada por el pontífice en su mensaje desde el Vaticano al pueblo de México el 19 de mayo del 2001.
El comercio internacional, distorsionado por los subsidios que reciben los productores agrícolas de los países desarrollados y por el neoproteccionismo practicado por ellos al margen de las convenciones internacionales, impuso una serie de trabas al acceso de los productos competitivos de los países del mundo subdesarrollado a los mercados del norte.
De donde resulta que, paradógicamente, la globalización no rinde beneficios para todos. O sea que sus beneficios no son realmente globales. Y por eso no elimina sino que profundiza las fronteras económicas entre los países y dentro de ellos.
En pleno auge de la globalización, durante los trece días de debate en el 54º período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York en septiembre de 1999 —en el que participaron 180 oradores para pasar revista a la situación del mundo— se formularon muy duras críticas contra ella. Pasado el efecto anestésico que durante una década tuvo la propaganda esparcida por el <globalismo, los jefes de Estado y cancilleres del tercer mundo acusaron a la globalización de acrecentar las diferencias entre los países ricos y los pobres. El ministro de asuntos exteriores de la pequeña isla caribeña de Granada expresó dramáticamente desde la tribuna mundial que “no se puede esperar de nosotros que bebamos de esa taza de cicuta que es la globalización para mayor gloria de los diseñadores del nuevo milenio”. No obstante la recomendación del presidente norteamericano Bill Clinton de que los países atrasados deben invertir en educación para que así puedan tener acceso a los beneficios de la globalización, hubo sin duda consenso entre los delegados del tercer mundo en que “los países en desarrollo son, en su mayor parte, demasiado débiles para sacar partido de las nuevas oportunidades, lo que les lleva a una mayor marginación”, según explicó a la prensa el presidente de la Asamblea General Theo-Ben Gurirab.
Él aludió, sin duda, a que la gran mayoría de los países pobres no está preparada para la inserción en el orden económico global ni para responder a las exigencias de la competitividad internacional. Su vulnerabilidad macroeconómica ante los choques externos es todavía muy grande.
A fines de enero del 2001, en el curso de los debates del Foro Económico Mundial de Davos entre los defensores y los impugnadores de la globalización, la hindú Vandana Shiva, directora de la Fundación para la Ciencia y la Ecología de la India, quien habló en representación de los países pobres, acusó a los líderes políticos y empresarios del primer mundo de cometer con la globalización, en cuyo nombre imponen a los países pobres infranqueables barreras para la exportación de sus productos, “un genocidio en una escala que la humanidad nunca ha conocido”.
El economista norteamericano Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de economía 2001 y antes jefe del consejo de asesores económicos del presidente Bill Clinton de Estados Unidos y alto funcionario del Banco Mundial, en su libro “El malestar en la globalización” (2002) —escrito, según explica en el prólogo, porque en el Banco Mundial comprobó de primera mano el efecto devastador que la globalización podía tener sobre los países en desarrollo, y especialmente sobre los pobres en esos países— sustenta la tesis de que la globalización, que forma parte de las decisiones tomadas a partir de la última década del siglo XX en la esfera internacional “sobre la base de una curiosa mezcla de ideología y mala economía”, se había convertido en un dogma que respondía a los intereses creados de los grandes países industriales. Esta fue una afirmación muy importante, primero, porque hasta ese momento la “ideologización” de la economía únicamente se había atribuido a los sectores políticos y sociales contestatarios de las propuestas neoliberales, y, luego, porque reafirmó la tesis de que detrás de todas esas propuestas estaba el ciego fundamentalismo del mercado. Stiglitz imputó concretamente al Fondo Monetario Internacional, al Banco Mundial, a la Organización Mundial del Comercio, al Departamento del Tesoro de Estados Unidos y a otras instituciones orientadoras de la globalización el haber abordado los problemas de la economía “con una perspectiva estrechamente ideológica” que les llevó, entre otras cosas, a sostener que “la privatización debía ser concretada rápidamente” y, en el caso de los países de Europa del este que habían emprendido la transición del comunismo al mercado, a señalar que “los que privatizaban más deprisa obtenían las mejores calificaciones”, como consecuencia de lo cual, afirmó el profesor de la Universidad de Columbia, “la privatización muchas veces no logró los beneficios augurados”.
En resumen, Stiglitz sostiene que la globalización no ha funcionado para muchos de los pobres de la Tierra, ni para buena parte del medio ambiente, ni para la estabilidad de la economía global, ni para los propósitos de la transición del comunismo a la economía de mercado.
Esto no lo dice un malhumorado activista de izquierda sino el exjefe de los asesores económicos de la Casa Blanca en los tiempos del presidente Bill Clinton, quien como vicepresidente del Banco Mundial fue testigo presencial del efecto devastador que la globalización tiene sobre los países más pobres del planeta.
En la prognosis sobre la política y la economía globales trabajada en el 2000 por un grupo de científicos no gubernamentales norteamericanos, bajo el patrocinio de la Central Intelligence Agency (CIA) y el National Intelligence Council —que se plasmó en el documento titulado Global Trends 2015—, se afirma que hacia el año 2015 “la entramada economía mundial será impulsada por el rápido e irrestricto flujo de información, ideas, valores culturales, capitales, bienes, servicios y personas: esa es la globalización. La economía globalizada será un neto contribuyente para incrementar la estabilidad política del mundo en el año 2015, aunque la distribución de sus beneficios no será universal porque, en contraste con la revolución industrial, el proceso de globalización es más comprimido”.
El documento contiene la aseveración optimista de que, gracias a la globalización, la economía mundial alcanzará los altos índices de crecimiento registrados en la década del 60 y tempranos años 70 del siglo anterior, impulsada por el anhelo de mejores estándares de vida, políticas económicas mejoradas, incremento del comercio internacional y de la inversión, difusión de información tecnológica y aumento del dinamismo del sector privado de la economía. Sin embargo, no deja de reconocer que habrá regiones, países y grupos rezagados en el planeta, a los que no llegarán estos beneficios, y que se debatirán en medio de la <estanflación, los desequilibrios políticos y la marginación cultural. Lo cual “fomentará en ellos el extremismo político, étnico, ideológico y religioso, juntamente con la violencia que a menudo les acompaña”, dice el documento.
Por cierto que los optimistas presagios que este contiene no se cumplieron. Todo lo contrario: la crisis financiera y económica que estalló a finales del año 2008 en Wall Street —la “sede mundial” de la globalización— descalabró todos los indicadores de crecimiento y prosperidad previstos en el estudio de Washington.
En otra parte del extenso documento, que trata numerosos temas globales en su proyección hacia el año 2015, se afirma que “la globalización incrementará la transparencia de la toma de decisiones gubernativas, complicará la viabilidad de los regímenes autoritarios para mantener su control social, pero también complicará el proceso tradicional de deliberación de las democracias. Con el incremento de la migración creará influyentes diásporas que afectarán las políticas e incluso la identidad nacional de muchos países. La globalización también generará demandas crecientes de cooperación internacional en temas de naturaleza transnacional”.
Se afirma también que los “Estados con gobiernos ineficaces e incompetentes no solamente fracasarán en la obtención de beneficios de la globalización sino que en algunos momentos generarán conflictos internos y externos, que ampliarán la brecha entre los ganadores y los perdedores regionales que existen actualmente”.
Los Estados Unidos, añade el documento, serán “los líderes, proponentes y beneficiarios de la globalización”.
En la mesa redonda celebrada en la capital española el 28 y 29 de abril del 2003 sobre el tema “Globalización y Democracia en América Latina”, bajo el patrocinio del Club de Madrid y del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), en la que participé conjuntamente con Fernando Henrique Cardoso de Brasil y Felipe González de España, el expresidente brasileño planteó la pregunta: “¿existe una antinomia necesaria entre globalización y democracia o, por el contrario, la interdependenca de los mercados estaría cumpliendo los designios del doux commerce idealizado por Montesquieu y por los iluministas escoceses, moderando los impulsos, templando las costumbres, favoreciendo la convivencia social y política?” Mi posición fue que esa “antinomia necesaria” se daba con respecto a los países pobres y que la globalización, tal como estaba planteada, era una de las amenazas que sufrían nuestras endebles democracias en el mundo contemp