feminismo

                La discriminación de la mujer data de los más remotos tiempos de las primitivas sociedades de cazadores, en las cuales el hombre impuso su autoridad gracias a la destreza en el manejo de las rudimentaria armas. Esto comenzó mucho antes de que en los pueblos del Oriente Medio se inventara la agricultura en el noveno milenio antes de la era cristiana. Más tarde las religiones monoteístas proclamaron de diversas maneras y en distintos tonos la superioridad del hombre sobre la mujer, el derecho inmanente de éste a mandar y el deber de ella de obedecer. Impusieron a la mujer la subordinación absoluta al hombre. Ocho siglos antes de nuestra era el brahmanismo en la India enseñaba que “para la mujer no hay otro Dios en la Tierra que su marido”. Zoroastro, entre los siglos VIII y VII a. C., sentenció que “la mujer que no obedece a su marido cuatro veces es digna del infierno”. La antigua religión de los hebreos mandaba que “la mujer debe obedecer a su marido, evitar la cólera, las pendencias y permanecerle fiel”. Los textos católicos no se quedaron atrás en materia de postergación de la mujer. La epístola primera del apóstol san Pedro (III, 1) ordenaba que “las mujeres sean obedientes a sus maridos” y san Pablo se dirigió a los efesios (V, 22, 23 y 24) para disponer que “las casadas estén sujetas a sus maridos, como al Señor, por cuanto el hombre es cabeza de la mujer así como Cristo es cabeza de la Iglesia. De donde así como la Iglesia está sujeta a Cristo, así las mujeres lo han de estar a sus maridos en todo”. El mismo san Pablo, dirigiéndose a Timoteo (II, 12 y 13), manifestó: “No permito a la mujer el hacer de doctora en la Iglesia, ni tomar autoridad sobre el marido; mas estése callada en su presencia, ya que Adán fue formado él primero y después Eva como inferior”. En el Levítico se manda que "si la hija de un sacerdote fuere cogida en pecado, deshonrando así el nombre de su padre, será quemada viva" (XXI, 9); y en el Deuteronomio se dispone que si una joven se casare sin ser virgen, "la echarán fuera de la casa de su padre y morirá apedreada por los vecinos, por haber hecho tan detestable cosa, pecando o prostituyéndose en casa de su mismo padre" (XXII, 20 y 21).

          En concordancia con estos principios, santo Tomás de Aquino sostuvo que sexus masculinus est nobilior quam femininus (Summa, 3, 31, 4 ad primun).

           En pleno siglo XXI, como respuesta a la ordenación sacerdotal de mujeres ocurrida en Suiza, Canadá, Estados Unidos, Austria y Alemania en años anteriores, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe del Vaticano, mediante un decreto general sobre "el delito de ordenación sagrada de una mujer" publicado el 30 de mayo del 2008 en "L'Osservatore Romano", estableció la excomunión automática de la sacerdotisa católica y la de quien hubiese dispuesto su ordenación. El decreto manda que "tanto quien confiere el Orden Sagrado a una mujer, como la mujer que lo recibe, incurren en excomunión latae sententiae, reservada a la Sede Apostólica".

          El profesor italiano Umberto Eco, en su libro "¿En qué creen los que no creen?" (1997), que recoge su polémica con el cardenal Carlo María Martino sobre asuntos teológicos, afirma que, "cuando me encuentro tan perdido en cuestiones de doctrina recurro a la única persona de la que me fío, que es santo Tomás de Aquino" y, al tocar el tema de la discriminación teológica contra las mujeres, sostiene que "ni siquiera Santo Tomás sabía decir con exactitud por qué el sacerdocio debe ser una prerrogativa masculina, a menos que se acepte (como él hacía, y no podía dejar de hacerlo, según las ideas de su tiempo) que los hombres son superiores por inteligencia y dignidad".

          Con base en estas postulaciones teológicas se consolidó la prepotencia de los varones, que reclamaron explícita o implícitamente su condición de superioridad sobre las mujeres. Y con el tiempo esa discriminación se tornó en una cuestión idiosincrásica, es decir, en una cultura, en una manera de ser, en una conducta social.

          El papa Francisco I  —elegido para el pontificado el 13 de marzo del 2013 por renuncia de su antecesor Benedicto XVI, quien cayó abrumado por los grandes escándalos en la Santa Sede: enconadas rivalidades y luchas internas, pederastia, fuga de información confidencial, corrupción, lavado de dinero y turbios manejos en el Banco Vaticano—  declaró públicamente que tratará de "reparar los viejos errores, prejuicios e injusticias que la Iglesia Católica, desde su fundación, ha tenido para con las mujeres".

          Los filósofos de la Grecia clásica profesaban un profundo menosprecio por las mujeres. Sócrates las ignoraba completamente, Platón les negaba todo espacio, para Eurípides eran “el peor de los males” y Aristóteles sostenía que ellas “poseen una naturaleza defectuosa e incompleta”. Los antiguos pensadores romanos compartían estos conceptos. En cambio Cristo, contradiciendo los prejuicios de la cultura talmúdica  —y esa es una de las razones por las cuales se considera al Cristo histórico un revolucionario—  rechazó la supuesta inferioridad de la mujer, le concedió la misma dignidad que el hombre, se dejó acompañar de ella en sus viajes de predicación y con frecuencia defendió incluso a mujeres adúlteras y a prostitutas.

          En la legislación romana  —base de la legislación occidental—  el marido y la mujer constituían una sola unidad, puesto que ella era una “posesión” del marido. La mujer casada no tenía el control legal sobre su persona, hijos, tierras ni bienes. La potestad marital, que era el derecho y autoridad que adquiría el marido sobre la mujer y sus bienes desde el día del matrimonio, entrañaba una subordinación absoluta de la mujer.

          En la Edad Media, bajo la legislación feudal, las tierras se heredaban por línea masculina e implicaban poder político en favor de los hombres. Las cosas no fueron mejores en la modernidad. El régimen de la monarquía absoluta impuso severas discriminaciones a la mujer. Por aquellos tiempos se llegó incluso a discutir en los ámbitos académicos europeos acerca de la utilidad de que las mujeres ingresaran a los claustros universitarios.

           El feminismo es la ideología y el movimiento en favor de la igualdad de oportunidades de la mujer con relación al hombre, así en la vida privada como en la pública. Probablemente fue Alejandro Dumas (hijo) el primero en usar en 1872 la palabra feminismo con la significación de movimiento reivindicador de los derechos de la mujer.

          Sin embargo, los antecedentes del feminismo datan de mucho antes. En la baja Edad Media y en el Renacimiento valientes escritoras se atrevieron a condenar el ambiente misógino que generaron las ideas de la contrarreforma católica y se preocuparon del tema de la identidad social de la mujer y de su papel en la vida política. Ese fue el caso de Christine de Pisan con su obra “El libro de la ciudad de las mujeres” (1405).

          Tres damas venecianas plantearon con mucha fuerza el problema femenino en la primera mitad del siglo XVII: fueron Lucrezia Marinelli, Moderata Fonte y Arcángela Tarabotti.

          En 1723 se suscitó en la Accademia de Ricovrati de Padua la cuestión de si las mujeres debían ser admitidas en el estudio de las ciencias y de las artes. Se abrió una dura polémica al respecto. Los pensadores de la época se alinearon en favor o en contra de la “utilidad” de que las mujeres estudiasen.

          Margaret Brent, una rica hacendada de Maryland, intentó en 1647 ocupar un lugar en el parlamento de esa colonia inglesa pero no tuvo éxito, mientras que en Massachusetts las mujeres propietarias pudieron votar desde 1691 hasta 1780.

          En la época de la Ilustración se dieron pasos importantes en el desarrollo del feminismo. Abigail Adams, mujer del futuro presidente de Estados Unidos, John Adams, abogó en 1776 por los derechos femeninos en su país. En 1791 Olympia de Gouges, siguiendo las ideas de su tiempo, escribió en Francia su "Déclaration des droits de la femme et de la citoyenne", en la que proclamaba que las mujeres poseen los mismos derechos civiles y políticos que los hombres. La Convención francesa, sin embargo, rechazó la propuesta de la igualdad política entre los dos sexos, a pesar de las alegaciones del marqués de Condorcet, Charles Fournier y el conde de Saint Simon en favor de la emancipación de la mujer. Mary Wollstonecraft, en Inglaterra, publicó en 1792 su "Vindication of the Right of the Women". Las escritoras Germaine de Staël y George Stand se ocuparon de la teoría y práctica del feminismo. Las feministas británicas se reunieron por primera vez en 1855. John Stuart Mill, en su obra "The Subjection of Women" (1869)  —probablemente inspirada en las conversaciones con su mujer Harriet Taylor Mill—,  planteó un conjunto de reivindicaciones concretas a favor de las mujeres y atrajo la atención de la gente hacia la causa feminista. Después de la guerra civil de Estados Unidos, las sufragistas norteamericanas Lucretia Coffin Mott, Elizabeth Cady Stanton, Susan B. Anthony, Lucy Stone, Abby Kelley Foster y Ernestine Rose crearon un movimiento para luchar por los derechos civiles y políticos de la mujer.

          La pensadora y escritora socialista Flora Tristán,  nacida en Francia pero de familia peruana   —”yo nací en Francia pero soy del país de mi padre”,  dijo alguna vez—,  desarrolló en los años 30 del siglo XIX una militante lucha en favor de la igualdad jurídica de las mujeres. Sus ideas revolucionarias están contenidas principalmente en sus libros “Peregrinations d’une paria” (1833), “Lettres de Bolívar” (1838) y “L’Emancipation de la femme ou le testament de la paria”, obra publicada en París después de su muerte (1945).

          Las obreras textiles de Nueva York realizaron una huelga el 8 de marzo de 1857 y se movilizaron por sus calles en demanda de garantías y condiciones de trabajo más humanas.

          Durante el congreso de fundación de la Segunda Internacional, celebrado en París el 19 de julio de 1889, la alemana Clara Zetkin pronunció un encendido discurso de denuncia de los problemas y discriminación de las mujeres.

          En 1899 se realizó en La Haya una conferencia de mujeres que inició el movimiento antibélico europeo.

          Más de ciento treinta mujeres obreras fallecieron trágicamente el 8 de marzo de 1908 en Nueva York a causa del incendio de una fábrica textil donde ellas se habían encerrado para reclamar igualdad de derechos laborales que los hombres.

          En medio de masivas movilizaciones de hombres y mujeres el 11 de marzo de 1911 se celebró por primera vez en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza el Día Internacional de la Mujer, en recuerdo de la fecha luctuosa de Nueva York tres años antes. Un año después esta celebración se extendió a Francia, Holanda y Suecia. En 1913 se conmemoró en San Petersburgo a pesar de la intimidación policial. A partir de 1914 la celebración se extendió por muchos otros países, vinculada con las proclamas de paz. Y en 1952 la Organización de las Naciones Unidas instituyó el 8 de marzo como el "día internacional de la mujer".

          En 1832 Mary Smith Stannore presentó a la Cámara de los Comunes de Inglaterra un documento en el que reclamaba el reconocimiento de los derechos políticos de las mujeres.

          La causa feminista obtuvo un gran triunfo cuando el Primer Congreso Internacional de los Trabajadores, reunido en 1866, aprobó una declaración de respaldo al trabajo profesional de las mujeres.

          Todos estos precursores del feminismo defendieron el derecho de ellas a una educación igual que la del hombre, a iguales oportunidades en el desempeño de funciones públicas y privadas y al derecho de elegir y ser elegidas en la vida política de la comunidad.

          Estos fueron los antecedentes históricos del feminismo.

          Sin embargo, como movimiento militante él solamente existe desde 1878, a partir del Congreso Feminista Internacional celebrado en París y de la conferencia reunida en Washington diez años más tarde, de la que nacieron el Consejo Internacional de las Mujeres, la Federación de Consejos Nacionales y las Uniones femeninas en varios países.

           Los estatutos del Consejo Internacional fueron redactados en 1893 en la reunión de Chicago, en cuyo preámbulo se expresó: “Nosotras, mujeres de todos los países, creyendo sinceramente que el bienestar de la humanidad se realizará gracias a una mayor unidad de pensamiento, de sentimientos y de propósitos, y que la acción regularmente organizada de las mujeres será el medio más adecuado para asegurar la prosperidad de la familia y del Estado, declaramos que nos unimos en una federación de trabajadoras, que tiene por objeto penetrar en la sociedad, en las costumbres y en las leyes los principios de la regla de oro que dice: “haz a otro lo que quisieras que se hiciese contigo”.

          Sin embargo, la lucha por la consecución de los derechos políticos y económicos de las mujeres fue dura. Inglaterra, sin duda, fue el país donde ella alcanzó mayor intensidad. Allí surgieron líderes feministas tan importantes como Emmeline y Christabel Pankhurst y organizaciones tan poderosas como la National Union of Women’s Suffrage Societies.

         El movimiento feminista inició sus trabajos para conseguir el derecho al sufragio a fines del siglo XIX, aunque ya en 1848 se celebró en Seneca Falls, Nueva York, la primera convención sobre los derechos de la mujer, dirigida por Lucretia Mott y Elizabeth Cay Stanton, de donde surgió la exigencia de la igualdad de derechos, incluido el derecho de voto. En Estados Unidos fue donde primero se consagraron los derechos electorales femeninos. En el estado de Wyoming se los instituyó en 1869, en Colorado 1893, en Utah y en Idaho 1896, en Washington 1910, en California 1911, en Kansas, Oregon y Arizona 1912, en Nevada y Montana 1914, en Nueva York 1917. El movimiento sufragista norteamericano alcanzó una gran victoria en 1919: el Congreso federal aprobó la enmienda constitucional que prohibió en todos los estados de la Unión norteamericana limitar por motivo de sexo el derecho de voto de los ciudadanos. 1920 fue el año emblemático de los derechos políticos de las mujeres norteamericanas.

          La lucha por el sufragio fue especialmente intensa en Inglaterra, donde después de duros enfrentamientos en el parlamento y en las calles se otorgó en 1918 el derecho de voto a las mujeres cabeza de familia, esposas del cabeza de familia y graduadas universitarias de más de 30 años. En 1928 el parlamento amplió el ejercicio de este derecho a las mujeres mayores de 21 años y les c

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