Descubrimiento es la acción y efecto de descubrir, o sea de desentrañar lo que estaba oculto. Significa hallazgo o encuentro de algo.
La era de los descubrimientos geográficos comenzó en el siglo XV gracias al avance de las técnicas de navegación. Antes, el navegante veneciano Marco Polo abrió la ruta hacia el lejano Oriente a fines del siglo XIII y escribió su célebre libro de viajes cuyo título original fue “Livre de merveilles du monde”. El Infante portugués Enrique el navegante (1394-1460), hijo del rey Juan I de Portugal, organizó el primer instituto de navegación destinado a investigar, recoger noticias y acopiar materiales para cumplir su propósito de circunnavegar África con finalidades religiosas y comerciales. El español Pedro Molina publicó en Valladolid su «Arte de Navegar» en 1545. La cartografía adquirió dimensiones insospechadas. Con base en los descubrimientos geográficos se erigieron en el siglo XVI los grandes imperios coloniales: España, Portugal, Francia, Inglaterra y Holanda, que conquistaron tierras en América, Asia, África y Oceanía. Los grandes navegantes y exploradores —Laperousse, Cook, MacKenzie, Levigstone, Stanley— completaron la obra con los descubrimientos de islas, mares y estrechos. Esta ansia de conocer y descubrir, tan propia del hombre del Renacimiento, le llevó a desechar lo novelesco e imaginario en la concepción del mundo y a adoptar posiciones más cercanas a lo científico.
Pero “el descubrimiento” por antonomasia fue el de América en 1492, que dio inicio al proceso de la conquista, colonización y mestizaje de las tierras del Nuevo Mundo. Este es el sentido político de la palabra, aunque utilizar el término “descubrimiento” para designarlo es reducir ese gran hecho de la historia a una sola de sus etapas, limitarlo en el tiempo y disminuir su significado, sesgando lo más importante que fue el proceso de creación de una nueva sociedad y una nueva cultura en esta parte de Occidente.
Por supuesto que para los nativos la suya no era una tierra ignota. Estuvieron allí desde hace miles de años. Descubrimiento fue para los europeos que hasta ese momento sólo conocían la existencia de África, con la que habían mantenido intensas relaciones de comercio y de guerra, y Asia, de la que traían sedas, piedras preciosas, porcelanas, joyas y especierías. Pero a partir de la conquista de Constantinopla por los turcos otomanos en el año 1453, la ruta tradicional que conectaba Europa con el Asia Menor había sido obturada por los conquistadores turcos, que extendieron su dominio sobre inmensos territorios imperiales. Lo cual movió a españoles y portugueses a buscar afanosamente una nueva ruta que les condujera hacia los pueblos de Oriente a fin de canalizar por ella su comercio.
En esas circunstancias se le ocurrió a Colón ir al oriente por el occidente, dada su sospecha de que la Tierra era redonda, y en su larga travesía llegó a unas islas que supuso que formaban parte de la India. Encontró allí unos habitantes, extraños para los europeos, a quienes, por tanto, llamó “indios”. Solamente veinte años después, con el hallazgo del océano Pacífico por Vasco Núñez de Balboa y la navegación de Fernando de Magallanes y Sebastián Elcano por sus aguas, se percataron los europeos de que habían descubierto un nuevo continente —un mundus novus— al que desde 1505 comenzaron a denominar América —derivado del latín Americus— porque un oscuro navegante florentino llamado Américo Vespucio fue uno de los primeros en adivinar y divulgar, en las cartas que escribió a sus patrones italianos, que esas tierras no eran las de Asia sino otras muy distintas. Eran unas tierras de dimensiones tan gigantescas, de valles y montañas colosales, de ríos tan caudalosos y de suelos tan lujuriosamente fértiles, que las nociones del espacio y la distancia europeos resultaban en ellas totalmente inadecuadas.
Estaban habitadas por numerosos grupos en distintos niveles de desarrollo. Los más avanzados, que se habían situado en mesoamérica y en las regiones andinas, probablemente estaban en un proceso de transición entre el Neolítico y la Edad del Bronce —o sea entre la segunda etapa de la Edad de Piedra y el segundo de los estadios de la Edad de los Metales— puesto que conocían la fundición del cobre pero no del hierro e ignoraban la rueda, el arado, el molino y los vehículos de tracción animal. Tampoco conocían el arco ni la bóveda en arquitectura.
Sin embargo, los españoles hallaron en el nuevo mundo ciudades mayores a muchas de las suyas, templos monumentales, palacios extraordinarios, caminos bien trazados, tallas y joyas muy finas.
El descubrimiento fue para los europeos un inesperado y trascendental acontecimiento porque contribuyó a modificar sus ideas sobre la geografía, la historia, la teología, la política, la botánica, la antropología y el hombre. Y, además, tuvo gran significación económica porque el Nuevo Mundo se convirtió en fuente de aprovisionamiento de productos agrícolas, artículos alimenticios, metales y materias primas desconocidos en Europa.
Y, a propósito del descubrimiento de América, los historiadores sostienen generalmente que el célebre navegante Cristóbal Colón fue genovés y señalan su fecha de nacimiento en octubre de 1451 y su muerte en Valladolid el 20 de mayo de 1506. Sin embargo, hay quienes afirman que Colón fue portugués. Tal es el caso de Manuel Luciano da Silva (1926-2012) —médico, investigador e historiador portugués—, quien dice que la nacionalidad del descubridor de América es uno de misterios de la historia universal y que las pocas referencias históricas sobre su origen han desatado muchas especulaciones. Afirma que presumiblemente Colón nació en Portugal y que fue casado con la dama portuguesa Filipa Moniz. Lo dice en su libro «Cristóvao Colon (Colombo) era portugués» (2006) y ofrece varios indicios para sustentar su tesis, entre ellos, que en las bulas del papa Alejandro VI, expedidas el 3 y 4 de mayo de 1493 y escritas en latín, se puso el nombre del navegante en el viejo idioma portugués: Crhistofom Colon, en la primera de ellas, y Cristofom Colon, en la segunda. No se usó el latín: Christopher Columbus; ni el italiano: Cristoforo Colombo; ni el español: Cristóbal Colón.
Y el autor otorga mucha importancia a este hecho.
Sus investigaciones le llevaron a concluir que el nombre de bautismo de Colón fue: Salvador Fernandes Zarco, pero que a mitad del camino de la vida cambió su nombre por razones de seguridad. En respaldo de su tesis, Manuel Luciano da Silva señaló que Colón nunca escribió algo en italiano y que sus cartas de comienzos de 1493, en las que daba cuenta de sus descubrimientos a los reyes de España, fueron escritas en castellano —con abundancia de expresiones portuguesas—, aunque después se tradujeron al latín, italiano, alemán y otras lenguas. Añadió que a las primeras islas que descubrió no les puso nombres tomados de la península itálica —como Bologna, Firenze, Génova, Napoli, Milano, Padua, Pisa, Roma, Taranto, Torino, Venezia o Verona— sino nombres españoles: San Salvador, Santa María de Concepción, Fernandina, Isabela, Juana, La Española.
Por su lado, Fernando Branco en su libro «Cristóvao Colombo, nobre portugués», publicado en Lisboa en junio del 2012, sitúa los orígenes del gran navegante en Portugal y por primera vez apunta el nombre de su verdadera identidad: la del noble luso Pedro Ataíde, nacido en la ciudad de Coimbra.
Esta fue la principal conclusión de la investigación histórica desarrollada durante tres años por ese ingeniero y escritor, que contó con el apoyo de la Academia de Historia de Portugal.
El intelectual español Damián Barceló Obrador, quien fue Presidente de la Asociación Cultural Cristóbal Colón, sostiene, en cambio, que el navegante —quien no firmaba Colón sino Colom— nació en las cercanías de Porto Colom, Mallorca, en las Islas Baleares de España. Y afirma que «Cristóbal Colón era mallorquín, de familia levantisca y de ascendencia judía».
El español Gabriel Verd Martorell, en su libro «Cristóbal Colón y la revelación del enigma» (1986), escribe que «son las tierras de Mallorca que vieron nacer al viajero impenitente, cosmógrafo y descubridor del Nuevo Mundo, el insigne Almirante Don Cristóbal Colom de quien me gusta referirme como último hombre de la Edad Media e inaugurador de la Edad Moderna y cuya habilidad le permitió realizar la mayor gesta de la historia». Agrega que «Felanitx, lugar de su nacimiento, es tierra que desde antiguo fue también habitada por romanos, fenicios y griegos». Y en su libro «Cristóbal Colón era noble y de sangre real» (1992) sostiene que «la teoría de un noble Cristóbal Colom mallorquín, nacido en Fenalitx, en 1460, no es un sueño de una noche de verano, sino más bien una gran verdad».
El historiador portugués Manuel da Silva Rosa también niega el nacimiento de Colón en Italia y asegura en varios de sus libros —incluido “Colón. La historia nunca contada” (2009)— que fue originario de Madeira en Portugal, cuyo padre —el rey polaco Ladislao III—, tras luchar en las batallas contra los turcos, huyó a ese archipiélago y vivió allí con el falso nombre de Henrique Alemao.
A lo largo de los años los historiadores han mantenido desacuerdos entre sí en torno de los más importantes elementos de la vida de Colón. Varios historiadores y escritores —Prudencio Otero Sánchez (1847-1936), Nicolás Díaz y Pérez (1841-1889), Celso García de la Riega (1844-1914) y otros— han sostenido que Colón fue un judío converso y que el viaje del navegante no fue financiado por los reyes de España sino por los judíos afincados en ese país y tuvo el propósito final de liberar a Jerusalén del dominio musulmán. Carol Delaney, antropóloga de la Universidad de Stanford, sostuvo en el 2006 que el gran navegante en su viaje a Asia se proponía financiar una cruzada para recuperar Jerusalén.
Y es que la partida de Colón coincidió con el ultimátum de los monarcas españoles para que los judíos abandonaran el reino ibérico. El 31 de marzo de 1492 los Reyes Católicos firmaron el edicto de expulsión de los hebreos del territorio español y centenares de miles de ellos tuvieron que abandonarlo.
Hasta ese momento los judíos residentes, bajo la presión política y religiosa de España, renunciaban a su religión y se convertían al catolicismo. Fueron los llamados conversos, aunque muchos de ellos practicaron ocultamente su propia religión y soportaron la más implacable persecución religiosa. Fueron torturados y quemados vivos por la >Inquisición. Y sus tierras y propiedades fueron arrebatadas por la Iglesia y la Corona.
Al margen del misterio del origen de Colón, mucho se ha discutido y se discute en los círculos antropológicos acerca de la procedencia del hombre americano. Una teoría sostiene que los primeros seres humanos en llegar a tierras americanas entraron por el Estrecho de Bering —que entonces seguramente fue una lengua de tierra que unía Asia con América— hace alrededor de 11.300 años, según las pruebas realizadas con carbono 14 en los restos encontrados en Clovis —Nuevo México, Estados Unidos—, y que siguieron rutas de norte a sur para poblar América.
Joseph Greenberg de la Universidad de Stanford, con base en sus investigaciones arqueológicas y lingüísticas, sustenta la tesis de que hubo tres oleadas de invasión: una hace 25.000 años que formó los amerindios del continente, otra hace 12.000 años cuyos descendientes habitan el noroeste de Estados Unidos y otra que llegó también hace aproximadamente 12.000 años y que dio origen a los esquimo-aleutas. Todas estas inmigraciones presumiblemente de tribus siberianas se hicieron por el estrecho de Bering. Sin embargo, las investigaciones realizadas en los años 80 del siglo XX por el antropólogo Thomas Dillehay de la Universidad de Kentucky en sus excavaciones en Monte Verde, al sur de Chile, apoyadas en pruebas de carbono 14, determinaron que los restos encontrados allí se remontan a 12.500 años. Lo cual significa que esos hombres debieron llegar a América mucho antes puesto que a sus descendientes les habría tomado milenios recorrer desde el extremo norte hasta el extremo sur del continente.
Una teoría formulada posteriormente por un equipo de arqueólogos de la Universidad John Moores de Liverpool, Inglaterra, sostiene que los primeros habitantes del continente americano llegaron de Australia o de las islas Melanesias del océano Pacífico y no de Asia. Esta teoría se fundamenta en los estudios del ADN de los cráneos encontrados entre los vestigios de una tribu denominada pericues, que desapareció hace doscientos años en la Baja California mexicana. Según la jefa del grupo científico de la mencionada universidad, Silvia González, los “colonizadores” australianos habrían navegado hacia América hace treinta mil años a través de las islas del Pacífico y por eso los cráneos de esa tribu tienen características similares a los de los habitantes del Pacífico.
En cambio, el Museo de Historia Natural de Nueva York presenta un nuevo “árbol genealógico” de los homínidos —descendientes de una rama de primates bípedos y antecesores comunes de chimpancés y de hombres—, fundado en el estudio de fósiles y de ADN, que se remonta a millones de años —de cinco a siete millones de años atrás—, cuando del australopithecus descendieron sucesivamente a lo largo de las eras el homo habilis, el homo erectus y el homo sapiens en las sabanas de África oriental, desde donde el homo sapiens pasó al centro de Asia hace 45 mil a 50 mil años, a Europa hace 30 mil a 40 mil años y a América del Norte hace 15 mil a 20 mil años, para desplazarse después hacia el sur del continente.
Otra teoría, sin negar validez a la hipótesis del origen asiático, afirma que el hombre americano procede también del Triángulo Polinesio, formado por Hawai, Nueva Zelandia y la Isla de Pascua en el océano Pacífico. Se basa, entre otras razones, en que el lenguaje, las costumbres, la música y las danzas de la isla chilena de Pascua —cuyo nombre vernáculo es Rapa Nui— son polinesios.
Sostiene que los navegantes polinesios llegaron a ella en el siglo IV o V de nuestra era —según indicios de la arqueología, la genética, la leyenda y las tradiciones orales— y que ellos arribaron también a las costas de América del Sur.
En concordancia con esto, el científico ecuatoriano Julio Aráuz Latorre, a partir de sus investigaciones sobre los habitantes de la región costera de Ecuador, sostiene que la procedencia del hombre americano es también polinesia. En su libro “Orígenes Ecuatorianos: más allá de La Tolita” (2012) afirma que “se puede deducir de las estatuillas descubiertas en La Tolita que el grupo humano podría haber estado constituido por polinesios, mongoloides, negroides y caucásicos barbados”. Y agrega que “a tal presencia se ha atribuido una datación de 500 años A.C. a 500 D.C”. Dice que los polinesios cruzaron los mares y arribaron a las costas americanas “aprovechando de la cultura y conocimiento matemático, astronómico y de navegación (de base decimal y binaria) de la civilización del Valle del Indo”.
Concluye Aráuz que “los polinesios habrían llegado navegando por el Pacífico en sus relativamente grandes catamaranes y apoyados en sus singulares cartas de navegación y sus conocimientos de las corrientes marinas y de astronomía, que hicieron de ellos grandes navegantes”.
El descubrimiento, la conquista y la colonización fueron tres momentos distintos del proceso de dominación colonial de España sobre esta parte de América.
Los españoles quisieron sustituir una cultura por otra y hacer una conquista espiritual e ideológica. Por eso hablaron de “civilizar” y “evangelizar”. Pero no pudieron. Las culturas locales eran demasiado fuertes para ser borradas. Opusieron resistencia a las ideas del conquistador. En algunos momentos lo cristiano fue superado por lo indio en el sincretismo. Y finalmente se forjó lo mestizo, no sólo en la sangre sino también en la cultura. El >mestizaje fue la gran verdad de este proceso histórico.
Los chinos, sin embargo, atribuyen el descubrimiento de América al navegante y explorador Zhen He (1371-1433) en 1421, setenta y un años antes que Cristóbal Colón.
Zhen He fue el más grande navegante chino de su tiempo. En 1405 emprendió la mayor expedición naval de la historia e hizo siete viajes por Sumatra, Java, Ceilán, India, Persia, Arabia, el golfo Pérsico, el Mar Rojo, Egipto, el sur de África hasta el Canal de Mozambique y las aguas del Pacífico.
El marino inglés Gavin Menzies, comandante retirado de la Real Marina británica, sostiene que Zhen He descubrió América a principios del siglo XV, antes que los viajes de Colón y de Magallanes. Funda su afirmación en el encuentro de unos viejos mapas de los siglos XV y XVI que muestran lugares del Caribe, América del Norte y Australia y que reflejan la visión china del planeta en aquellos tiempos. Afirma que la ingeniería naval china era en esa época la más avanzada del mundo y contaba con tecnologías desconocidas en Occidente, incluida la brújula, que fue un invento chino del siglo XI.
Menzies, en un discurso ante la Royal Geographical Society de Londres el 15 de marzo del 2002, expresó que fueron los navegantes chinos, al servicio del emperador Zhu Di, los primeros en visitar Australia 350 años antes que el capitán James Cook y los primeros en llegar a las costas caribeñas en el año 1421 y en explorar el estrecho de Magallanes sesenta años antes de que naciera el navegante portugués, quien al servicio del rey de España fue el primer europeo en cruzar el estrecho que lleva su nombre y en surcar las aguas del Océano Pacífico.
El almirante inglés plasmó su teoría en su libro “1421: The Year China Discovered the World” (2003). No obstante, ella no ha encontrado mucha acogida entre los historiadores.
La Biblia, el Corán y otros libros tenidos como sagrados ignoraron completamente la existencia de los pueblos y las tierras americanos. No hay referencia alguna a ellos en sus páginas. Solamente a raíz de la conquista se abrió la discusión en los círculos católicos acerca de si los habitantes de esas lejanas tierras eran seres racionales o no, discusión que pretendió ser zanjada por la bula Sublimis Deus del papa Paulo III del 9 de junio de 1537, que declaró que los indios eran racionales y debían, por tanto, recibir la verdadera fe, ya que también descendían de Noé, aunque no determinó cuál era su antepasado directo. Fue en función de aquella bula que los soberanos españoles prohibieron la esclavización de los indios, en mandatos monárquicos que los conquistadores “acataban pero no cumplían”.
La bula decía: “Por las presentes letras decretamos y declaramos con nuestra autoridad apostólica que los referidos indios y todos los demás pueblos que en adelante vengan al conocimiento de los cristianos, aunque se encuentren fuera de la fe de Cristo, no han de ser privados, ni se han de privar de su libertad, ni del dominio de sus cosas (…) ni deben ser reducidos a servidumbre”.
Durante la primera fase de la conquista el fraile dominico Bartolomé de las Casas (1484-1566) jugó un papel muy importante en la defensa de los derechos de los indios. Impugnó la tesis del historiador y eclesiástico español Juan Ginés de Sepúlveda (1490-1573) de que, como los indios no habían sido mencionados en la Biblia y además eran diferentes en su lengua y en su conducta de todos los grupos hasta entonces conocidos, no debían considerarse como parte de la humanidad ni las normas de la religión cristiana les eran aplicables. De las Casas argumentó que, por lo contrario, los indios eran seres racionales, que poseían características tan inequívocamente humanas —como el lenguaje, la conciencia social y la organización política—, que los conquistadores y los misioneros españoles en las tierras de América debían rectificar su conducta.
En medio de enigmas y opiniones científicas contrapuestas se han planteado muchas hipótesis acerca del origen del hombre americano. La más aceptada y difundida es la de su origen asiático, según la cual en remotas épocas no establecidas con precisión llegaron a América por el estrecho de Bering sucesivas migraciones de Asia oriental. Fueron grupos mongólicos de recolectores y cazadores de la era paleolítica que, cruzando el estrecho, arribaron a tierras americanas, siguieron hacia el sur y se esparcieron por su geografía. El contacto con Asia oriental pudo ser por el estrecho de Bering o por la navegación transpacífica, recalando en sucesivas islas, o mediante la navegación costera en el norte del Pacífico. La navegación costera era perfectamente conocida desde tempranos tiempos en Asia y la practicaron también los romanos, hindúes y árabes.
Pero esa navegación dejó muy pocos indicios arqueológicos porque los navegantes estaban de paso y se detenían en las costas sólo para aprovisionarse de alimentos y agua dulce. Sostiene el antropólogo austriaco Robert Heine-Geldern que existen documentos chinos que se refieren a largos viajes de antiguos navegantes en grandes veleros por el sudeste asiático alrededor del año 400 después de Cristo. China fue largamente en la Antigüedad una potencia marítima. Sus barcos en el siglo III antes de la era cristiana —de seis a ochos metros de manga— tenían posibilidades técnicas de llegar a las costas americanas. Según algunos científicos, la zona andina muestra fuertes caracteres mongoloides, lo cual es solamente explicable por invasiones de grupos mongoles a través de las costas sudamericanas del Océano Pacífico. Las excavaciones del arqueólogo ecuatoriano Emilio Estrada Icaza (1916-1961) en las regiones costaneras de Ecuador parecen confirmar este aserto. En abono a tal hipótesis, el profesor colombiano Jorge Isaac Ramírez sostiene que “la cerámica llegó a nuestro hemisferio por dos caminos: primero por el Pacífico y más tarde también por el estrecho de Bering” y agrega que “las excavaciones de Emilio Estrada en Ecuador comprueban que la más antigua cerámica de este país se remonta a por lo menos 2.500 años antes de la era cristiana y muestra una sorprendente semejanza con la industria alfarera japonesa de la misma época”.
El doctor Robert Heine-Geldern, aunque sin pruebas arqueológicas contundentes, sostuvo en el Congreso de Americanistas de 1951 en Chicago que los contactos de Asia con el continente americano ocurrieron en el primer milenio antes de la era cristiana. Esos contactos, originados en la costa sur de China, continuaron del siglo I al VI.
Existe también la hipótesis de que el poblamiento de América provino de Oceanía. Entre otros, el antropólogo y etnólogo francés Paul Rivet (1876-1958), al encontrar en América similitudes antropológicas, etnográficas y lingüísticas con las culturas polinesia y melanesia, sostuvo que el hombre sudamericano procedía no sólo de Asia sino también de Australia y Melanesia. Afirmó que, hábiles navegantes, sus habitantes aprovecharon las corrientes marinas ecuatoriales para cruzar con sus piraguas de balancín enormes latitudes oceánicas y llegar a las costas de esta parte de América. Hay también la hipótesis de que, cuando las grandes masas de hielo en la Antártica unieron los continentes, grupos aborígenes australianos y neozelandeses pudieron pasar hacia las zonas australes de la América del Sur.
Se propuso también la teoría del poblamiento vikingo —procedente de Noruega, Suecia y Dinamarca—, cuyos habitantes controlaron en los remotos tiempos prehistóricos la mayor parte de la costa báltica, una amplia región de lo que hoy son Rusia, Normandía, Inglaterra, Sicilia, el sur de Italia y parte de Palestina y además colonizaron en el año 985 Groenlandia, desde donde llegaron y exploraron el Nuevo Mundo quinientos años antes que Colón. En el año 825 descubrieron Islandia, donde se asentaron medio siglo más tarde, aunque ya estaba habitada por monjes irlandeses. Esta teoría sostiene que es muy probable que los vikingos recorriesen las costas de la Península de Labrador, que denominaron Vinland, y que llegasen incluso hasta la isla de Baffin.
La pintoresca hipótesis del origen endógeno del hombre americano sustentada por el autodidacto naturalista argentino Florentino Ameghino (1854-1911) no ha tenido mucha fortuna. Ameghino sostenía que el hombre americano es originario del territorio llamado “Arquelenis”, que es la actual Patagonia argentina, desde donde se inició el poblamiento del planeta. Según esta teoría, el ser humano era originario de las pampas argentinas. Surgió de la evolución de los mamíferos. Sus precursores fueron el Tetraprothomo, que fue el primero en adoptar la posición erecta, del que surgieron por evolución sucesivamente el Triprothomo Argentinus, el Diprothomo Platensis y el Prothomo Pampeus, que fue el antecesor inmediato del hombre.
Tampoco han faltado las fantasiosas especulaciones de que los originales pobladores de América vinieron de Asia por los continentes hundidos en los océanos Pacífico y Atlántico, que sirvieron de “puentes terrestres” para el tránsito de los grupos mongoles emigrantes. El arqueólogo norteamericano Robert Wauchope (1909-1979), especialista en la prehistoria de mesoamérica, ha estudiado y resumido la larga lista de esas fantasiosas especulaciones
Hay también la leyenda del viaje en el año 499 de cinco monjes budistas, dirigidos por Hwui Shan, desde China hasta las costas de lo que hoy es México o California, tierras a las que llamaron Fu-Sang. De ese viaje dieron cuenta documentos de las dinastías Tsi (479-502 d. C.) y Liang (502-557 d. C.), que fueron reseñados por el historiador oficial de la corte china Yao Silian (557-637 d. C.), de donde tomaron la información el sinólogo francés Joseph de Guignes (1721-1800), para su historia general de algunos pueblos orientales, y Karl Friedrich Neumann, profesor alemán de historia y de lenguas orientales de la Universidad de Munich, para su relato sobre el viaje de Hwui Shan, publicado en 1841. La misión de los monjes budistas se cumplió cuando en mesoamérica se construían las grandes urbes y centros ceremoniales de Teotihuacan, Cholula, Cuicuilco, Palenque, Tikal, Izapa, Dzibichaltún, Kaminaljuyú, Abaj Takalik, Monte Albán, Chupícuaro y varios otros.
Fue de Guignes el primer europeo en señalar los orígenes chinos del hombre americano cuando encontró en documentos del Oriente asiático descripciones que, en su concepto, no podían ser más que de la América precolombina.
Esos datos parecen confirmarse en los anales de China, especialmente en los que se refieren a la dinastía Han, que hablan de que en el año 219 antes de la era cristiana el emperador Shih-Huang-Ti envió “una expedición de jóvenes de ambos sexos a un país maravilloso situado muy lejos al este, allende los mares, llamado Fu-Sang”, donde “los jóvenes se quedaron y vivieron felices”. Hipótesis que encuentra respaldo en otra parte de los anales de China, referidos al siglo V de nuestra era, en que se afirma que el monje budista Hwui Shan volvió de Fu-Sang el año 499, después de descubrir las costumbres, la arquitectura, los animales y las plantas que rodeaban a los habitantes de esas lejanas tierras. Según estos documentos, Hwui Shan explicó que el Fu-Sang estaba situado “en la costa oriental del mar oriental”, o sea en lo que es la tierra firme americana frente al océano Pacífico. En la enciclopedia china «San-ts’ ai t’u-hui» consta el dibujo de un hombre de Fu-Sang que ordeña una llama, lo cual ha sido interpretado como prueba de que aquellas tierras a las que llegó Hwiu Shan eran el actual Perú.
El investigador chileno Jaime Errázuriz Zañartu, en su libro “Cuenca del Pacífico: 4.000 años de contactos culturales” (2000), pretende demostrar con mapas y dibujos las relaciones mantenidas desde antes de nuestra era entre China y la costa americana del Pacífico, de modo que Cristóbal Colón no fue en realidad el descubridor del Nuevo Mundo. Señala que en la toponimia peruana se han encontrado cerca de noventa nombres que tienen significado en chino y 118 nombres geográficos que encuentran en China su equivalente. Y Alejandro von Humboldt, el geógrafo, naturalista y explorador prusiano de mediados del siglo XIX, asoció los quipus americanos con los chinos. Quipu significa nudo en quechua. Y Los quipus eran nudos sobre cuerdas, que utilizaban los incas como sistema de cuentas.
El nombre de América apareció por primera vez en 1505 en un pequeño libro que atribuyó equivocadamente el descubrimiento de estas tierras al navegante italiano Américo Vespucio. Algunas inconformidades suscitó posteriormente tal denominación. No pocos pensaron que era inadmisible que un aventurero diera su oscuro nombre de corsario a las inmensas tierras descubiertas por Colón en una de las más arriesgadas e impresionantes hazañas de la historia. Lo lógico habría sido llamarlas Colona, Colombia o Columba, como algunos sugirieron, en homenaje al prodigioso navegante.
Según dicen el escritor uruguayo Arturo Ardao (1912-2003), en su obra «Génesis de la idea y el nombre de América» (1980), e Ignacio Hernando de Larramendi (1921-2001), en su libro «Utopía de la Nueva América: reflexiones para la edad universal» (1992), fue el colombiano José María Torres Caicedo (1830-1889) quien utilizó por primera vez, bien entrado el siglo XIX, la expresión Latinoamérica para referirse al conjunto de países colonizados por España, Portugal y Francia en esta parte del planeta.
La novísima denominación fue aceptada inmediatamente por el Vaticano, que cambió en 1862 el nombre del Colegio Americano del Sur por el de Instituto Eclesiástico de la América Latina. Más tarde Francia e Inglaterra acogieron también este nombre, con cierto dejo de hostilidad hacia España.
Pero el novelista mexicano Fernando del Paso tiene otra versión. En su libro «Noticias del Imperio» (1987) afirma que la expresión América Latina fue, al parecer, inventada por Michel Chevalier, el ideólogo de la teoría panlatina de Napoleón III, para servir los intereses de Francia, puesto que, según dice, «las Tullerías están llenas de sueños de grandeza —Eugenia se cree otra Isabel La Católica— y Luis Napoleón habla abiertamente de las repúblicas americanas que podrán ser transformadas en monarquías, aparte de las que, según él, ya tienen inclinaciones, como Guatemala, Ecuador y Paraguay». Agrega que a todas ellas se les empezó a llamar «latinoamericanas» para satisfacer los afanes imperialistas de Francia, con lo cual «de paso se abarcó a todas las colonias francesas del Caribe, presentes y futuras».
Sin embargo, el escritor chileno Miguel Rojas Mix discrepa de estas apreciaciones. Sostiene que fue su compatriota Francisco Bilbao el primero en usar la expresión América Latina en una conferencia que dio en París el 24 de julio de 1856 y que sólo posteriormente la tomó Torres Caicedo y comenzó a difundirla en el ambiente parisino, con su gran influencia en los medios diplomáticos y culturales iberoamericanos de la capital francesa.
Para los latinoamericanos de ese tiempo la expresión tuvo connotaciones anti-hispánicas y anti-anglosajonas.
Estas naciones se diferencian cultural e idiomáticamente entre sí: las iberoamericanas fueron conquistadas por España y Portugal —y hablan castellano y portugués— y las otras por Francia y hablan francés, junto con los lenguajes vernáculos de las poblaciones indígenas.
El resultado más importante del proceso de descubrimiento, conquista y colonización fue el mestizaje —entendido como un hecho no sólo biológico sino cultural— porque entraña la interpenetración de culturas para dar origen a una cultura nueva y diferente.
En el mestizaje indoespañol de las tierras de América la cultura que vino de fuera y las culturas vernáculas se fusionaron en una síntesis en el curso de un proceso simbiótico que aún perdura. Cada una de ellas aportó lo suyo. Los españoles llevaron la brújula y el sextante para la navegación, el hierro industrializado, la rueda, el arado, el molino, la destilación. Los indios aportaron, entre otras cosas, los secretos arrancados a la naturaleza (como el uso del frío para la conservación de los alimentos), las técnicas de purificación del oro, la utilización del platino (que era un metal desconocido para los europeos), los sistemas de riego en las tareas agrícolas, las técnicas de cultivo en terrazas, el maíz, la papa, el fréjol, el cacao, el tabaco y muchos otros productos de la tierra. Recibieron de Europa la lengua, la escritura, la literatura, la religión, el Derecho y las ciencias experimentales. Entregaron el sistema decimal de los Incas, la ingeniería de caminos y el uso de una multitud de plantas medicinales. Los españoles introdujeron el arco y la bóveda en arquitectura, que permitieron cubrir grandes espacios. Y de allí se llevaron plantas que no tenían nombre científico y animales que no estuvieron en el arca de Noé.
El investigador ecuatoriano Rodrigo Lasso Donoso, en su libro «Los Centauros de América» (2012), sostiene que a partir del descubrimiento el caballo fue protagonista de la historia de América Latina, «al inicio como arma y luego como herramienta de trabajo». Agrega que «los primeros caballos que pisaron tierras americanas fueron cinco yeguas de vientre y veinte caballos». Y concluye que estos animales «encontraron en la Isla Española, hoy República Dominicana, un hábitat propicio, se multiplicaron en una forma muy fecunda. Allí se inició la cría de los caballos en América. De La Española se distribuyeron caballos a todo el Nuevo Mundo».
Con base en estos y otros elementos se produjo el encuentro de dos mundos que hasta ese momento no se conocían entre sí —descubrimiento recíproco— y se forjó el mestizaje cultural.
Como resultado de ese encuentro nacieron una nueva raza y una nueva cultura. Fueron la raza y la cultura mestizas indohispánicas que se extendieron principalmente por los Andes y mesoamérica. A ellas se agregó la >negritud, porque de la cala de los barcos que llevaron a los conquistadores blancos salieron también los esclavos negros. Millones de ellos, desarraigados de su tierra, fueron conducidos a las Antillas y a las costas atlánticas en el curso del comercio esclavista que duró tres siglos. Y ellos llevaron a América su bagaje de nostalgias, música, danzas, consejas y su concepción mágica del mundo. Pronto su presencia se hizo evidente y la cultura o las culturas africanas formaron parte del proceso del mestizaje americano. Y, en lo étnico, surgieron el mulato —por la mezcla de negro y blanca o a la inversa— y el zambo, que es el híbrido de sangre negra e india.
En los altiplanos andinos de Ecuador, Perú y Bolivia llamase cholo al mestizo, aunque el término tiene para «los de arriba» cierta connotación despectiva.
Los conocimientos y los saberes de la nueva cultura estaban impregnados por el hombre, el barro y el paisaje americanos. El telurismo jugó un papel definitorio. La cultura que vino de fuera se transfiguró en el choque con la geografía y con las culturas vernáculas y, en un proceso de sincretismo original, ellas dieron a luz una nueva cultura, como parte de un proceso de mestizaje más amplio: el mestizaje de la sangre, las ideas y los sentimientos.
Muchos pensadores y antropólogos —entre ellos el cubano José Lezama Lima (1910-1976), con su teoría del espacio gnóstico— consideran que el paisaje condiciona la cultura. La pampa, la montaña, el mar, el desierto, que son los paisajes que hereda y conoce el hombre, modelan su espíritu e inspiran sus ideas. El mestizaje iberoamericano está impregnado de telurismo. Los filósofos del telurismo hablan por eso de la «mística de la tierra» como base de la identidad cultural de esos pueblos.
Cuando llegaron los españoles a aquellos lares encontraron una enorme población indígena —estimada entre 60 y 70 millones de habitantes— dispersa en grupos a lo largo de la extendida e indómita geografía, con grados muy diversos de desarrollo cultural. No había un centro político dominante. Los grupos estaban generalmente incomunicados entre sí. Hablaban diversas lenguas. Tenían culturas orales aunque los grupos más avanzados contaban con anotaciones pictóricas y rudimentarios sistemas de contabilidad. Encontraron admirables expresiones de pintura, escultura, música, orfebrería y arte textil. La arquitectura era muy dispar, desde las elementales cabañas de las islas caribeñas hasta las colosales edificaciones de los mayas, los aztecas y los incas. Se construyeron grandes ciudades y la vida urbana fue muy desarrollada en algunos lugares.
La revolución mexicana de 1910 dio comienzo a un proceso de reivindicación de los valores del mestizaje, a partir de ciertas ideas aisladas que se produjeron en el siglo XIX e incluso antes, a finales del XVIII, con Félix Azara y fray Servando Teresa de Mier. Este movimiento de identificación de los valores positivos del mestizaje tuvo su apoteosis con el pensador y político mexicano José Vasconcelos en los años 20 del siglo XX. Consideró que con él había surgido una nueva raza, llena de posibilidades y originalidades, formada por todas las razas, porque la España que llegó a América llevó sangre ibera, celta, celtíbera, griega, fenicia, cartaginesa, visigoda, ostrogoda, sueva, árabe y judía que, al mezclarse con la india y con la negra, dio lugar a lo que Vasconcelos llamó la raza cósmica, cuya «predestinación obedece —escribió el mexicano— al designio de construir la cuna de una raza quinta en la que se fundirán todos los pueblos para reemplazar a las cuatro que aisladamente han venido forjando la historia. En el suelo de América hallará término la dispersión, allí se consumará la unidad, por el triunfo del amor fecundo, y la superación de todas las estirpes».
Con su vigoroso alegato en defensa del mestizaje Vasconcelos impugnó el estereotipo que pretendieron forjar por esos años ciertos racistas europeos —el francés Arthur de Gobineau, el alemán Richard Wagner, el inglés Houston Stewart Chamberlain, el alemán Alfred Rosenberg y otros—, quienes sostenían que las mezclas de sangres daban por resultado lo peor de cada una de ellas y que del producto de ese cruce salían seres poco confiables y carentes de lealtad para con una u otra de sus mitades. Esquema que se difundió en la literatura de ese tiempo. Salvador de Madariaga, por ejemplo, afirmó que en la mezcla de indio y español debe encontrarse el origen del antihispanismo.
El movimiento tuvo ecos en Perú, con José Carlos Mariátegui (1894-1930), y en otros países mestizos de los Andes, en donde venía desarrollándose una batalla campal entre los «hispanistas», que cantaban las glorias de España, y los «indigenistas» que exaltaban el imperio incaico. La literatura se encargaba de dramatizar la dicotomía entre el patrón blanco —inhumano y feroz— y el indio subyugado. El uno hablaba español y el otro quechua. La novela «Huasipungo» (1934) de Jorge Icaza fue en Ecuador una maravillosa expresión de este mundo maniqueo. El mestizo era, hasta ese momento, el gran ausente de la realidad social y de la narrativa de los países andinos. En realidad, hasta las primeras décadas del siglo XX las fotografías y dibujos sólo muestran criollos con chistera e indios emponchados. El mestizo no había hecho su ingreso todavía al escenario social. El propio >indigenismo marxista, mientras atribuía al indio el papel redentor que Marx confió al proletario, no tomó en cuenta al mestizo.
En medio de estos dos fuegos surgió el elemento fundamental de la realidad social andina y mesoamericana, protagonista de la literatura de denuncia. En sus venas corría sangre india y sangre blanca pero nació en contraposición al indio y al blanco. Lo cual llevó al historiador peruano Carlos Daniel Valcárcel (1911-2007) a afirmar que el mestizo «padece la doble tragedia de dos almas irreconciliables y el doble rechazo de los de arriba y de los de abajo».
Este orden de cosas advino en el seno de la estructura de desigualdad social legada por la colonia, que era una compleja construcción cultural que había creado su propio derecho positivo para consagrar y defender el orden social establecido, que había generado dentro de él determinadas instituciones políticas y poderes fácticos, que había encomendado al blanco, al cholo, al indio, al mulato y al negro sus propias y distintas tareas productivas dentro de la peculiar división social del trabajo y que había confinado al indio y al negro a ocupar en la estratificación social un «nicho» subordinado e inamovible.
La negritud alcanzó en esas tierras —con toda la fuerza de sus raíces y de su magia, de sus leyendas y cosmologías— expresiones muy importantes y muy hermosas en la danza, la música, el folclor y la literatura.
La cultura africana y su visión fetichista del mundo, después de un trabajoso proceso sincrético, se plasmaron en manifestaciones como el vudú haitiano, la macumba y el candomblé brasileños, la santería cubana: todas ellas hermosas muestras de superstición que se exteriorizaron en danzas y ritos de homenaje a los dioses, pero que también sirvieron para cultivar el africanismo de los negros y su inconformidad contra los blancos. Detrás de las manifestaciones religiosas latía y germinaba su rebeldía. Por eso los amos blancos condenaron siempre el fetichismo de los esclavos negros. Pero los intelectuales progresistas resaltaron los valores plásticos de la negritud. Muchos de sus elementos, incluidos los colores encendidos, tuvieron notable influencia en los pintores de vanguardia.
Y en los enclaves negros del Caribe, Estados Unidos, Brasil, Colombia, Venezuela, México, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Ecuador, Panamá y Perú nació el mulato, que es el mestizo que lleva en sus venas sangre blanca y sangre negra. Alegre y bullanguero, con temperamento comunicativo y desbordante, es persona que supera sus adversidades con exultación.
desempleo Este es un fenómeno relativamente moderno. En la Edad Media toda persona en capacidad de trabajar tenía un destino laboral, ya bajo las órdenes de los maestros de los gremios de la ciudad, ya como jornalero agrícola. En general, nadie tenía dificultades de encontrar un trabajo, salvos los mendigos, los vagabundos y los bandidos.
En el siglo XV, después del colapso de la sociedad medieval, que trajo consigo graves convulsiones sociales, empezó a manifestarse el desempleo en el seno de una forma de organización social que tenía muchos puntos de estrangulamiento que impedían la creación de nuevas oportunidades de trabajo. Las sociedades se llenaron de vagabundos y pordioseros, en completa miseria, que eran auxiliados por la caridad privada y la asistencia pública. La legislación isabelina en Inglaterra, con la llamada ley de pobres de 1601, trató de sistematizar la ayuda a estos desvalidos aunque con resultados insatisfactorios. Esta ley fue el antecedente remoto de la >seguridad social. Impuso una contribución a los ciudadanos en las parroquias para financiar la asistencia a los pobres.
Con el desenvolvimiento del sistema fabril que se inició a fines del siglo XVIII el desempleo se presentó ya como un fenómeno masivo. Entró a formar parte del nuevo régimen económico. Como la oferta de mano de obra procedente del campo y la de la propia ciudad eran mucho mayores que las necesidades de la naciente industria, esta descompensación devaluó el trabajo humano y, bajo un régimen jurídico de libre contratación, condenó a una porción de los trabajadores a aceptar las condiciones del patrono o morirse de hambre y, a otra, a la desocupación irremisible.
Desde entonces, con alzas y bajas, el fenómeno del desempleo ha acompañado hasta nuestros días a la sociedad industrial.
El desempleo forzoso, llamado también desocupación, paro o cesantía, es el resultado de la falta de oportunidades de trabajo en una sociedad que obliga a parte de su >población económicamente activa (PEA) al paro obligado, al subempleo o al ejercicio de actividades de >economía informal.
El desempleo puede ser de varias clases: cíclico, estacional o estructural.
Desempleo cíclico es el que se produce en la fase recesiva de una economía, caracterizada por la subutilización de los factores de la producción: trabajo, capital y tecnología. La economía de un país generalmente obedece a un ciclo compuesto de varias fases: ascendente —que es la fase de expansión y prosperidad—, descendente —que es la de contracción—, recesión —que es el momento más bajo de la contracción—, y retorno a la prosperidad, que es la fase de recuperación.
El desempleo cíclico suele producirse a partir de la fase descendente, se agudiza en la fase recesiva y se revierte en la fase de recuperación de la economía. En la fase de prosperidad, el nivel de empleo, la producción, los precios, el dinero, los salarios, los tipos de interés y las utilidades suben. En cambio, en la >recesión decrece el volumen de la producción, aumenta el desempleo y queda subutilizada la capacidad instalada de las empresas.
El desempleo estacional corresponde a un lapso del año productivo en que, debido a determinadas circunstancias, la economía pierde dinamismo. Esa época varía entre los países de acuerdo con el tipo de su producción. En los que cultivan caña de azúcar, por ejemplo, la época de la zafra amplía el número de trabajadores ocupados.
Y desempleo estructural es el que se origina en la incapacidad de una economía para absorber mano de obra, sea porque el tamaño de su aparato productivo es insuficiente, sea porque el crecimiento demográfico desborda las posibilidades de empleo, sea porque el índice de crecimiento del >producto interno bruto (PIB) no lo permite o sea porque la aplicación de >tecnología automatizada ahorra trabajo humano en las faenas de la producción industrial.
En todo caso, este tipo de desempleo es persistente y tiene causas profundas que no son de fácil corrección.
La teoría keynesiana explicaba el desempleo estructural por el subconsumo de la población. Por eso sugería la intervención del gobierno en la economía a fin de estimular la demanda y reactivar la actividad económica por la base social, esto es, de abajo hacia arriba. Esta fue una de las principales aportaciones de John Maynard Keynes (1883-1946) a la ciencia económica.
Contradiciendo los planteamientos de los economistas clásicos de que, para afrontar el problema del desempleo, la solución era reducir los salarios a fin de que la perspectiva de mejores utilidades induzca a los hombres de negocios a invertir, Keynes sostuvo que el recorte de los salarios disminuiría la demanda agregada —esto es, la demanda total de bienes y servicios producidos dentro de una economía, incluida la demanda del gobierno y la de exportación— que es uno de los factores más importantes para estimular la economía. La disminución de salarios —pensaba Keynes—, lejos de amainar el problema de la desocupación, produciría una mayor declinación del empleo.
Se llama tasa de ocupación a la proporción de personas ocupadas con relación a la población en edad de trabajar.
Aparte de los diversos tipos de desempleo que hemos visto hay también el subempleo, que es la situación en que se encuentran las personas económicamente activas que por razones de mercado laboran menos de 35 horas semanales y que perciben ingresos inferiores al salario mínimo. La subocupación es conceptualmente diferente de la informalidad. Un trabajador informal puede no ser subempleado.
Hay mucha preocupación tanto en el mundo industrializado como en el subdesarrollado por la implantación de un modelo de desarrollo que se ha llamado “crecimiento sin empleo”. Este fenómeno consiste en el desfase entre el incremento de la producción y la creación de puestos de trabajo. Las tasas de incremento productivo son mucho más altas que las del empleo. Y cada vez la distancia que les separa es mayor. Entre 1973 y 1987 los países industriales, y particularmente Estados Unidos, Inglaterra, Alemania y Francia, tuvieron un aumento del >producto interno bruto notablemente superior al índice de crecimiento de las opciones de trabajo. En Estados Unidos se habló por eso de “recuperación sin puestos de trabajo”. En esos países el desempleo se triplicó al pasar del 3% en 1970 al 10% en 1992, según datos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Es la tasa de desempleo más alta desde la gran depresión de los años 30 en el siglo pasado. Aquella relación en los países atrasados fue el doble, o sea que el crecimiento de la economía duplicó a la creación de empleo. En África subsahariana ningún país tuvo índices de desempleo menores del 10% a lo largo del mismo período y en América Latina el desempleo urbano sobrepasó el 8%. Los países de Asia occidental, principalmente la India y Pakistán, tuvieron más del 15% de desocupados pero los de Asia oriental se mantuvieron en alrededor del 3%. Esto sin contar con el desempleo encubierto y con la >economía informal cuyos índices son altísimos en los países atrasados.
Sin embargo, las cosas se agravaron dramáticamente en lo posterior. Según un documento formulado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), las cifras de la desocupación europea hacia finales de 1995 fueron del orden del 24,4% en España, el 17,7% en Finlandia, el 15,4% en Irlanda, el 12,7% en Bélgica, el 12,2% en Francia, el 11,9% en Italia, el 11% en Grecia, el 10,5% en Dinamarca y el 10% en Alemania. Estos altos índices de desempleo estuvieron acompañados de una caída en los salarios. La situación social en Europa se tornó insostenible. Fue la peor crisis ocupacional desde la gran depresión de 1929. Entre los países desarrollados solamente el Japón, Suiza, Austria, Noruega y Estados Unidos se salvaron. Y en algunas zonas el tercer mundo la situación fue aun peor. Hubo países en los cuales el índice de desocupación se acercaba al 70%.
Al iniciar el año 2012 la OIT informó que, tras varios años de crisis en las finanzas, la economía y los mercados de trabajo del planeta, el problema del desempleo en escala global era muy grave. Sostuvo que “el mundo enfrenta el desafío urgente de crear 600 millones de empleos productivos durante la próxima década a fin de generar un crecimiento sostenible y mantener la cohesión social”. De esos 600 millones de empleos, 200 millones eran para reponer los puestos de trabajo perdidos por la crisis económica iniciada en Wall Street en septiembre del 2008, que se propagó por el mundo globalizado rápidamente. Afirmó que, aun así, quedaban 900 millones de trabajadores que vivían con ingresos inferiores al dintel de la pobreza de dos dólares por día, especialmente en el mundo subdesarrollado.
La crisis laboral castigaba con mayor dureza a los jóvenes. Según datos de la OIT, en el año 2011 se batían en la desocupación 74,8 millones de ellos —de entre 15 y 24 años de edad—, lo cual significaba 4 millones más que en el 2007.
Según cifras de la Oficina Regional de la OIT para América Latina y el Caribe, en el 2011 el desempleo urbano regional —en proceso de crecimiento con relación a los años anteriores— era: Jamaica 12,6%, Colombia 11,8%, Venezuela 8,6%, Perú 8%, Costa Rica 7,7%, Paraguay 7,5%, Argentina y Chile 7,3%, Uruguay 6,4%, Ecuador 6,3%, Brasil 6,2%, México 6,1% y los demás países con cifras menores.
Con todo, América Latina y el Caribe —con la media del 7,2% de desocupación en el 2012— estaban mejor situados que otras regiones del planeta. En ese año las tasas de desempleo se situaban en un 8,5% en los países desarrollados, 10,2% en el Oriente Medio, 10,9% en el norte de África, 8,8% en África subsahariana, 4,1% en Asia oriental (China incluida), 4,7% en el sudeste asiático y 3,8% en Asia del sur (incluida India).
En una alta proporción la llamada >globalización de la economía fue culpable del enorme volumen del desempleo en los países del tercer mundo. La invasión de sus mercados y la sustitución de la producción interna por la importada ha obligado al cierre de miles y miles de pequeñas y medianas empresas en los países del sur y ha causado una masiva desocupación laboral. Lo cual, como es lógico, ha generado desequilibrios muy graves en la economía que obligarán en algún momento a imponer correctivos severos al modelo de desarrollo que hoy está en boga en el mundo bajo la inspiración de las ideas neoliberales.
El “mercado laboral” se ha visto además afectado por el avasallador avance de la >informática. La “invasión” de los ordenadores, los CD-ROM, el DVD, el HD DVD, el Blu Ray, el flash memory, internet, el grid software, la telemática, el ciberespacio, la tecnología fotónica, los robots, los teléfonos móviles y las nuevas formas del software en todos los órdenes de la vida social —desde el hogar hasta la oficina, de la fábrica al taller, del almacén al laboratorio— ha desplazado masivamente fuerza de trabajo intelectual y manual. Este ha sido el doloroso precio del progreso en la sociedad digital. Muchas de las tareas que hasta hace poco tiempo eran desempeñadas por seres humanos han sido confiadas a las “máquinas pensantes” inventadas por la cibernética para sustituir el trabajo físico y mental del hombre. Con el agravante —vistas las cosas desde la perspectiva del empleo— de que esa “mano de obra” electrónica no se cansa, no se enferma, no se atrasa, no protesta, no pide aumentos de salario ni hace huelgas. Lo cual pone fuera de competencia al trabajo humano. En donde es posible remplazar hombres por máquinas se lo hace. Esta es una de las más graves preocupaciones de nuestro tiempo. “La única solución para crear empleo es reducir masivamente la jornada laboral” ha dicho mi querido amigo, el líder socialista francés Michel Rocard, en declaraciones al diario español «El País» el 22 de abril de 1996. Una reducción media de la jornada semanal a 34 horas supondría un ahorro del 28% de gastos sociales —ha sostenido el ex primer ministro de Francia— suficiente para cubrir el coste de contratación de un 10% más de empleados. Esta puede ser una de las soluciones. Durante mi gobierno propuse en Ecuador una ley de trabajo a tiempo parcial, que no fue aceptada por el Congreso, para abrir oportunidades de que los desempleados pudieran laborar al menos las noches, los fines de semana y los días festivos hasta que encuentren una mejor opción de trabajo. Se ha sugerido también en los países del tercer mundo la autogestión de empresas comunitarias como medida alternativa de empleo. El economista norteamericano Jeremy Rifkin, en su polémico libro titulado “The End of Work” (1995), al afrontar el tema del desempleo causado por el nuevo orden económico-social que ha impuesto la informática, plantea como solución crear lo que llama el tercer sector de la economía, constituido por un conjunto de actividades comunitarias capaces de dar empleo a los trabajadores desplazados por el mercado (primer sector) y que no hayan podido insertarse tampoco en los roles de pago del Estado (segundo sector). En esta línea, el gobierno autónomo de Valencia en España ha creado una remuneración para las amas de casa mayores de 45 años que tengan bajo su cuidado a ancianos mayores de 75. Esta es una aplicación de la propuesta de Rifkin. De lo contrario, como él afirma, los gobiernos tendrán que financiar más protección policial y construir más cárceles para hacer frente a la creciente criminalidad.
En todo caso, creo que el paro laboral será uno de los grandes problemas del siglo XXI.
De hecho el avance tecnológico, lo queramos o no, disminuirá la duración de la jornada de trabajo. Esa fue históricamente la consecuencia de los progresos de la tecnología. Recordemos que el aumento de la productividad que trajo consigo la primera revolución industrial en el siglo XIX determinó en Europa la reducción de la jornada laboral de 80 horas semanales a 60. Con el descubrimiento de la electricidad y su aplicación a las tareas industriales en los albores del siglo XX la jornada pasó de 60 horas a 48, 44 o incluso 40 horas semanales. Con la incorporación de la informática a las tareas de la producción se prevé hoy la reducción de la jornada a 30 o menos horas por semana. De modo que el trabajador tendrá mayor espacio de tiempo libre para su autoformación, entretenimiento y cuidado de su familia.
Pero esto en modo alguno significa que no se marque aun más la tendencia al desempleo de la fuerza laboral a causa de la creciente sustitución del trabajo humano por las máquinas. Las consecuencias de la revolución digital son desoladoras en esta perspectiva. He visto a dos o tres personas controlar, desde los mandos de un computador, todo un pabellón industrial que antes necesitaba centenares de obreros. Los robots los han sustituido. En muchos bares y hoteles se ve a los pianos funcionar solos. Las telefonistas han sido desplazadas por las centrales telefónicas digitalizadas. Los enjambres de empleados en las oficinas han sido remplazados por ordenadores. Por donde dirijamos la mirada veremos que el trabajo humano se bate en retirada frente al avance del software y de los robots. De modo que la sociedad digital registrará enormes tasas de desempleo. Para ella los trabajadores en el proceso productivo se convertirán en algo parecido al colesterol en la corriente sanguínea: hay que eliminarlos porque son los que obstruyen las arterias. El asunto resulta trágico. Cada vez habrá mayores índices de desocupación a menos que se tomen correctivos desde ahora y se revise el conjunto de las relaciones laborales.
En el mundo de la >globalización las empresas, para poder competir, lanzan a la calle miles de trabajadores. Y lo horrible es que, cuando lo hacen, la cotización de sus acciones en la bolsa sube. De modo que los anuncios de despidos de personal han llegado a ser buenas noticias para los accionistas. Casi tan buenas como el anuncio de ganancias. Y se han constituido en timbres de honor para los administradores que suelen exhibir como gran éxito la reducción de los costes laborales. Todo esto mientras los gobiernos ultraliberales proclaman la “prioridad de la creación de puestos de trabajo”.
Los avances tecnológicos han impulsado la >productividad de los agentes económicos, de modo que se puede producir hoy más en menos tiempo y con número menor de trabajadores. Lo cual entraña el peligro de convertir el desempleo en un fenómeno estructural y endémico, a menos que se tomen medidas como las que proponen los llamados partidos verdes de Europa: que se redistribuya el empleo y que se establezca la semana laboral de 24 horas en lugar de la de 40.
Sin embargo, Martin Carnoy y Anthony Giddens no comparten este criterio. En el libro escrito por el primero y prologado por el segundo —»El Trabajo Flexible en la Era de la Información» (2001)—, sostienen que lo que en realidad ocurre al amparo de las nuevas tecnologías es que se suprime un género de empleos pero que se crean otros. O sea que el trabajo no disminuye sino que se transforma.
Pero la verdad es que en los últimos años, bajo el imperio de la “nueva economía”, es decir, de la economía informatizada en el marco de la globalización, se han producido despidos masivos de trabajadores en muchas de las grandes empresas del mundo para tratar de mejorar su nivel de productividad y de competitividad. En 1990 la General Motors echó a la calle a 70.000 trabajadores, cifra que hasta ese momento era un récord mundial. En los años siguientes, conforme se extendió la aplicación de tecnologías ahorradoras de mano de obra, la cifra de despidos laborales creció incesantemente. En el primer trimestre del año 2001 la General Electric anunció la expulsión de 75.000 trabajadores, la Daimler Chrysler 26.000, la Lucent Technologies 16.000, la General Motor 14.400, la WorldCom 10.000, Sara Lee 7.000, JC Penney 5.500, Ford 4.150, Xerox 4.000, Nortel Networks 4.000, Textron 3.600. Y así por este orden. La presencia de las máquinas electrónicas produjo un masivo desplazamiento de seres humanos de sus puestos de trabajo, que contribuyó a incrementar los índices de desocupación en el mundo.
Las cosas se agravaron después. Hacia mediados del 2001 la Motorola había suprimido 30.000 empleos, la Nortel Networks Corp. 30.000, la Ericsson 22.000, la Lucent cerca de 20.000, la JDS Uniphas e Corp. 16.000, la Alcatel 14.000, la ABB 12.000, la Siemens 10.000, la Philips 10.000, la British Telecom 9.500. La supresión de puestos de trabajo fue enorme incluso en las áreas más dinámicas de la economía: en telecomunicaciones se suprimieron 130.750 empleos, en tecnología 62.700, en la industria electrónica 23.160, en la industria de alimentos 12.390, en el sector financiero 7.700, en productos químicos 5.500, en energía 3.000 y en medios de comunicación 3.000.
La Ford Motor Company, que a la sazón era el segundo mayor fabricante de vehículos automotores, aplicó un plan de seis años de duración —2006 al 2012— para suprimir treinta mil puestos de trabajo y cerrar catorce plantas industriales a causa de sus ingentes pérdidas en el mercado estadounidense y la creciente competencia de los productores asiáticos. Por las mismas razones, la empresa Daimler Chrysler redujo seis mil empleos entre el 2006 y el 2009.
Viviane Forrester dice con sorna que los propulsores del ultraliberalismo y de la globalización —regímenes a los que llama “una extraña dictadura”— incurren en la incoherencia de postular que “el empleo depende del crecimiento; el crecimiento, de la competitividad; la competitividad, de la capacidad para eliminar puestos de trabajo. Lo cual equivale a decir: para luchar contra el desempleo, hay que despedir”.
Los bárbaros actos de terrorismo consumados el 11 de septiembre del 2001 contra las torres gemelas del World Trade Center en Nueva York y contra el edificio del Pentágono en Washington, en los que se utilizaron como proyectiles aviones comerciales con pasajeros contra objetivos financieros y militares norteamericanos, que causaron 3.248 muertos e incuantificables daños materiales, produjeron inmediatamente no sólo la dramática caída de las cotizaciones de las acciones de las compañías de aviación y de otras empresas ligadas al turismo, sino también una terrible ola de despidos laborales de empresas aeronáuticas y de muchas compañías aéreas. La Boeing suprimió no menos de 30.000 empleos a causa de la baja de sus demandas y las empresas de aviación echaron a la calle a miles de empleados para hacer frente a la crisis.
Aparte de las consecuencias económicas que el desempleo tiene existen también secuelas de orden psicosocial. Los desempleados por lo general suelen sufrir ciertos trastornos en la conducta a causa de sus sentimientos de culpabilidad. Disminuyen su autoestima, sienten que la autoridad ante sus hijos se pierde, sufren vergüenza social al considerarse como elementos parasitarios en la vida colectiva. En esas condiciones, las relaciones familiares se estropean y muchas parejas se separan. Todo lo cual con frecuencia les lleva al desaliento, a la depresión y, en casos extremos, al alcoholismo evasivo, a la drogadicción e incluso al suicidio.
Un grupo de científicos norteamericanos, contratados por la Central Intelligent Agency (CIA) y el National Intelligence Council, formularon en el 2000 una prognosis del mundo en los siguientes quince años. En el documento que elaboraron, titulado «Global Trends 2015″, afirman que la estructura demográfica de América Latina cambiará marcadamente en el futuro próximo, ayudará a algunos de los países de la región a relajar las tensiones sociales y favorecerá el crecimiento económico. En este lapso la mayoría de los países latinoamericanos experimentará una sustancial disminución de los “buscadores de trabajo” —jobseekers—, reducirá el desempleo e incrementará los salarios. Pero no todos los países gozarán de estas condiciones. Bolivia, Ecuador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Paraguay enfrentarán el crecimiento de los índices de desocupación de la fuerza de trabajo.
Según el documento, en los países andinos —Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú—, signados con mayores desafíos de diferente naturaleza y origen, las presiones demográficas y la carencia de oportunidades de empleo causarán malestar en las masas trabajadoras, que montarán tácticas de lucha más agresivas. El agobio con la penuria económica y el profundo desencanto popular con las instituciones políticas, especialmente con los partidos tradicionales, producirán altos grados de inestabilidad social en Venezuela, Perú y Ecuador, mientras que en Colombia la solución del problema de la violencia guerrillera y paramilitar será un punto clave para su futuro.