“ley de hierro de la oligarquía”

            Lleva esta denominación la teoría formulada por el sociólogo alemán Robert Michels (1876-1936) en su libro “Political Parties”, cuya primera versión se publicó en Alemania en 1910. En él afirma este pionero de la sociología que a través de la historia la regimentación política de las masas siempre estuvo a cargo de pequeñas minorías dominantes, de modo que expresiones tales como “Estado”, “derechos civiles”, “representación popular” y “nación”, forjadas por el pensamiento democrático, son ficciones jurídicas sin ningún contacto con la realidad.

            Dice Michels que las luchas de la democracia contra la aristocracia, que hemos leído en la historia, nunca han sido otra cosa que confrontaciones entre las viejas minorías que defendían su predominio y las nuevas y ambiciosas minorías que intentaban suplantarlas en el poder, sea fundiéndose con sus predecesoras o destronándolas. Por consiguiente las “gigantes batallas” en que ellas se han trabado sobre el escenario de la historia  —batallas cuyas causas últimas deben hallarse en los antagonismos económicos—  pueden compararse con dos grupos de bailarines que ejecutan un chassé croisé en una cuadrilla de danza, dice Michels.

            En los países de larga tradición constitucional, como Inglaterra por ejemplo, la oposición trata de desplazar del mando político al partido gobernante para sustituirlo y cumplir fines iguales o muy parecidos a los que éste persigue. Por tanto, Michels concluye que tarde o temprano las “pandillas”  —clique, las llama—  que dirigen las clases dominantes terminan por reconciliarse con la instintiva mira de retener el dominio sobre las masas. Incluso en los regímenes socialistas  —afirma—  la mayoría obedece el orden establecido por la minoría puesto que en ellos se implanta la voluntad de la “nueva elite” que habla en nombre de la clase trabajadora. Todo lo cual responde, en su concepto y al final de cuentas, a su alternación en el poder o, para usar las palabras del precursor del fascismo italiano Vilfredo Pareto, a la “circulación de las elites”.

            En su opinión la teoría de la iron law of oligarchy adquiere vigencia en el constante hecho de que las minorías dominantes de cualquier signo político ejercen permanentemente su autoridad sobre las masas populares.

            Michels, formado en las filas socialistas, llegó a estas conclusiones al estudiar la estructura de los grandes partidos de masas europeos, especialmente la del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), que desemboca inevitablemente en la concentración del poder en un grupo más o menos reducido. O sea que llegó, con respecto a los partidos, a la misma conclusión a la que arribó el fascista Gaetano Mosca con relación al Estado al tratar el tema de las <elites. Afirmó Michels que un partido de masas requiere una gran organización para poder operar, pero que esa organización lleva inevitable y degenerativamente a la concentración del poder en un grupo muy restringido de personas, al que dio el nombre de >oligarquía. Dijo que “la organización es la madre del predominio de los elegidos sobre los electores, de los mandatarios sobre los mandantes, de los delegados sobre los delegantes. Decir organización es decir oligarquía”.

            Según Michels, la oligarquía está siempre presente en la organización política independientemente de las ideologías. Dice que el acceso a la información y control de una organización está en manos de los más altos dirigentes, que ocupan la cúspide de su burocracia, lo cual les permite ordenar las cosas a su manera. La presencia de la oligarquía resulta, por tanto, inevitable no obstantes todas las proclamas e incluso las limpias intenciones de los promotores de un partido político. Lo cual significa que la <democracia en los sistemas políticos es imposible de alcanzar.

            Cita Michels las palabras del anarquista ruso Mijail Bakunin, quien afirmó que “quien dice poder dice dominación, y toda dominación presupone la existencia de una masa dominada”; y también las palabras de Pierre-Joseph Proudhon de que, en tales circunstancias, incluso una revolución política significa meramente “un desplazamiento de la autoridad”.

            Sostiene que la única doctrina científica que puede jactarse de ser la respuesta opositora a todas las teorías, nuevas o viejas, que afirman la necesidad inmanente de la existencia de la “clase política” es la marxista, para la cual el Estado se identifica con la clase dominante, no obstante lo cual resulta inevitable que una nueva minoría hegemónica nazca de la propia concepción marxista de la revolución y de la transformación social. Para hablar sin eufemismos, la dictadura del proletariado no es otra cosa, según Michels, que la dictadura en manos de aquellos líderes que tengan la fuerza o la astucia suficientes para empuñar el “cetro” en nombre del socialismo y arrancarlo de las manos de la burguesía. Hay siempre el peligro inminente de que en nombre de la “revolución social” una clandestina oligarquía demagógica parapetada detrás de las invocaciones a la igualdad reemplace a la visible y tangible clase dominante, que actúa abiertamente. En este sentido, Michels observa que la teoría marxista se parece mucho a la tesis elitista de Gaetano Mosca porque ambas, partiendo de igual diagnosis, llegaron a la misma prognosis, esto es, que fatalmente todo gobierno es ejercido por una minoría organizada.

            Concluye, en consecuencia, que el Estado es en realidad una organización de minorías que impone al resto de la sociedad un orden jurídico que responde a los anhelos hegemónicos de ellas. Y aunque piensa que las mayorías son permanentemente incapaces de autogobierno  —self-government—  y que siempre serán objeto de tutoría externa, dice que las minorías nunca serán verdaderamente representativas de aquéllas porque hay contraposición de intereses. Sobre las masas pesa el trágico destino de sustentar el poder de pequeñas minorías y de constituir el pedestal de las oligarquías.

            Afirma Michels que no hay contradicción entre la teoría de que la historia es el registro de la lucha de clases y la afirmación de que la lucha de clases invariablemente culmina en la creación de nuevas oligarquías. Para ello invoca las palabras del socialista ruso Alexandre Herzen, quien dijo que el día en que el hombre se convirtió en elemento accesorio de la propiedad e hizo de su vida una continua lucha por el dinero los grupos políticos del mundo burgués se dividieron en dos campos: los propietarios, que tenazmente defienden sus millones, y los desposeídos que gustosos expropiarían los bienes de los propietarios pero que no tienen el poder para hacerlo.

            Afirma Michels, con su proverbial irreverencia, que la revolución social no cambia la estructura de la masa. Todo lo que ella deja a los trabajadores es el honor de ser “reclutados” por el gobierno. Y cita el pensamiento de Herzen de que la historia del poder es la historia de los pequeños grupos que desfilan por él y que, al ejercerlo, pasan de la envidia a la avaricia. Concluye que la historia nos enseña que ningún movimiento popular, no importa lo enérgico y vigoroso que sea, es capaz de producir profundos y permanentes cambios en la masa. Pronto los elementos preponderandes de él, o sea quienes lo lideraron y nutrieron, terminan por desvincularse gradualmente de la masa para terminar por ser atraídos por las minorías dominantes.

            Esta es la sustancia de la ley de hierro de la oligarquía de Michels que sostiene que el dominio político y económico de unos pocos sobre los muchos es un fenómeno histórico que tiene la fuerza ineluctable de la fatalidad.

 
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